Wednesday, December 27, 2006

Felipe II, el rey con mas poder de la historia, antes de morir, mandó llevar todos los cuadros del Bosco al Escorial, y ponerlos en cruz, muriendo delante de ellos.

EL BOSCO, LA HISTORIA DE UN VISIONARIO GENIAL

“El Bosco el Pintor del Diablo”

El Bosco o Hieronymus Bosch, 1450-1516, pintor y grabador holandés, es una de las figuras más interesantes de la pintura flamenca de los siglos XV y XVI. Su obra, por lo general de temática religiosa e iconografía demoníaca, se nutre de personajes fantásticos y paisajes oníricos que parecen anticipar en cinco siglos el movimiento surrealista.

Nació en la localidad holandesa de Hertogenbosch, próxima a Amberes,, en el ducado de Bravante. No existen testimonios de que se ausentara de su ciudad natal, como hicieran otros pintores holandeses. Desde el principio, se inclinó  por seguir el oficio de pintor como la saga familiar:  padre,  abuelo- también muy conocido,  Jan van Aeken-,  tío y hermanos, y, posteriormente,  su propio hijo.

EL BOSCO, MIEMBRO DE UNA SAGA DE ARTISTA

El taller de la familia lo heredó su hermano mayor, Goosen,  que  seguiría  la tradición  familiar y la continuidad  del apellido, distintivo del taller y de los trabajos que en él se realizaban.esta circunstancia,  Jeroen se vio obligado a crear otro taller y darle otro nombre diferente. De aquí surgió la latinización de su nombre, que se convirtió en  Hieronimus y eligió por apellido el nombre de su ciudad natal S’Hertogenbosch, simplificado Bosch, nombre que en España derivó hacia El Bosco.

Por esta época contrajo matrimonio con  una joven de familia acomodada, llamada Aleyt van Meervene. Poco después,  Hieronimus consiguió el  título de maestro, necesario para realizar esta actividad de forma independiente

.Según parece, los negocios le iban bien. Recibía muchos encargos y además vivía en la mejor zona de la ciudad. En  Amberes vivía una burguesía bien acomodada y con posibilidades económicas, a la que se suman los clérigos y nobles.

El Bosco estuvo  relacionado con el espiritualismo de la Devotio Moderna, una doctrina  derivada de la mística de ciertos  autores de los siglos XIV y XV. El Bosco, está probado que  perteneció desde 1496 a la Cofradía de Nuestra Señora, vinculada con la Congregación de Windesheim, asociación religiosa que seguía la inspiración mística de  Ruyysbroech, y que también influyó en Erasmo de Rótterdam

CONCIENCIA CRÍTICA DE SU TIEMPO

Por entonces ya destacaba como pintor, puesto que ya recibía encargos importantes. Por ejemplo, uno de esos encargos provenía de Felipe el Hermoso, lo que indicaba que era conocido  y admirado por  la Corte borgoñona.

El contenido de su obra no era ajeno a la situación real:  la crisis  imperaba a todos los niveles  en la Edad Media, terreno abonado para la aparición de  fantasmas que atenazaban a la sociedad, tales como la salvación tras la muerte o la condenación eterna.

Fue puliendo las formas artesanales de principiante - cierta torpeza compositiva-  que aprendió en el taller familiar, hasta lograr transcribir como nadie la debilidad humana, el engaño y las tentaciones. Sin duda se valió de las fuentes de la cultura popular para alimentar su  ingente imaginación. Asertos, costumbres, leyendas, todo valía  para enriquecer sus pinturas llenas de símbolos, de humor y de crítica.

El Bosco descargaría todo su ingenio contra los males de su tiempo: ausencia de moral, ignorancia, enfermedades, epidemias, guerras y la peste. Tiempos de angustia, de movimientos heréticos, y sectarios  que buscaban la autenticidad cristiana, poco o nada representada por las órdenes religiosas y por el clero.  

    Savonarola  fue perseguido en Italia,  mas en  Alemania, próxima a los  Países Bajos, el agustino Lutero triunfaba con su doctrina,

“la fe, nos salva” y la  palabra Reforma encontró eco en Europa. Pocos años después de la muerte del Bosco, se produjo la ruptura en el mundo cristiano.

Este estado de cosas las refleja El Bosco  en su obra, que  es sobre todo religiosa, y lo hace  alejado de toda influencia  exterior y de sus coetáneos. Muere en 1516.

VALORACIÓN DE SU OBRA

Al Bosco le cabe el mérito de ser capaz  de romper con la rutina del momento y dar  a sus creaciones un toque personalísimo, expresión y originalidad. Junto a estas tres cualidades aportó un universo onírico, pleno de imágenes alucinantes, de un realismo fantasmagórico, no exento de crítica  e inclinación moralista. Sus obras acusan la influencia de los bestiarios medievales.

El estilo del arte singular de El Bosco parte del humorismo de las miniaturas del siglo XV. Con  este recurso criticó los vicios de  la sociedad de su tiempo, en la que se habían asentado  la relajación de las ordenes monásticas, las costumbres y las debilidades humanas.

Contra todo esto, El Bosco utiliza todos los recursos imaginativos, extraídos de su temperamento visionario y moralidad. No hay que olvidar  que fue miembro de la Hermandad de Nuestra Señora y un devoto católico. Fue el encargado de diseñar las vidrieras, entre otras obras, de la catedral de  Hertogenbosch.

El contenido de su obra  se centra en temas con motivos astrológicos, populares, brujería y alquimia, Anticristo y de las vidas de santos. El resultado es un ecléctico estilo iconográfico propio de finales de la edad media. Toda esta cosmovisión del Bosco impactó en  Felipe II fue uno de los más fieles seguidores de su obra, y a quien debemos que sus mejores cuadros se encuentren en España.

Muchos de los estudiosos de su obra,  han intentado encontrar el quid de  sus creaciones, señalando los objetivos de alguna cofradía religiosa por luchar contra la corrupción clerical, con la pretensión de renovar y purificar la vida religiosa.

Sin embargo, no son pocos los que difieren respecto a la interpretación de su pintura, pero la crítica es unánime a la hora de manifestar que sus obras muestran la preocupación por la inclinación del hombre hacia el pecado, el desafío a Dios, así como la condena eterna de las almas perdidas en el infierno, merced  a la locura humana.

Sus fuentes  fueron los manuscritos miniados holandeses, grabados extranjeros, bestiarios medievales, leyendas y textos de la época.

CRÍTICO IMPLACABLE CONTRA LOS VICIOS

Ahora bien, no se interpretará la obra de El Bosco de forma correcta, si  se ve en ella complacencia en la representación de los defectos y errores humanos, ya que el artista parte de sus

convicciones de cristiano, y lo que hace es criticar los vicios degradadores de la condición humana. En esta intención coincide con el influyente Erasmo de Rótterdam

Es, por tanto, El Bosco, un hombre de su tiempo, no  ajeno a lo  que sucede a su alrededor, y  empleó a través de su pintura su visión particular y sus conocimientos esotéricos, acordes con el  movimiento humanista imperante; la ciencia cabalística y la alquimia… Pero siempre, refleja el mal en toda  su fuerza y en su propia morada, es decir en el infierno, utilizando multitud de seres malignos que en sus representaciones pictóricas están presentes en  toda la Edad Media.

La obra del Bosco, de una vigencia extraordinaria, se havenido dividiendo en varias etapas:

En una primera aproximación, se encuentra la tabla satírica  de la  Curación de la Locura, que se encuentra en el museo del Prado de Madrid y que viene a representan la fingida extracción de una piedra del cerebro de un loco. Viene a ser este un tema recurrente  en la pintura de los Países Bajos.

En segundo lugar, pasaría El Bosco a añadir más complicaciones a sus temas, y sobre todo, dotando a sus obras de  efectos expresivos, de colorido e impresionantes fantasmagorías. Aquí se encuadra  el tríptico de las Tentaciones de San Antonio ermitaño, en el museo de Lisboa, en el que aparecen visiones sacrílegas, mientras que Jesús  le infunde valor para resistir la prueba.

En una etapa posterior, de madurez, El Bosco dotaría a su obra de mayor solemnidad y profundidad sicológica, que nos trae a la memoria las caricaturas o estudios fisonómicos de Leonardo, como en la obra “Con la cruz a cuestas”.

Finalmente, el momento de mayor apogeo del Bosco se encuentra en la consecución de su obra más admirada y conocida, El Jardín de las Delicias, en el Prado.

Fue sin duda El Bosco el último y probablemente el más grande ¡ de los pintores medievales. Su visión del mundo y del hombre es pesimista, de ahí deriva su actitud moralizante. Para él la humanidad está marcada desde el pecado de Adán y Eva, que fueron arrojados del paraíso. La salvación no es posible, sino es a través de grandes penalidades y el destino final de la mayoría de los hombres, es la condenación eterna. La muerte y el temor  que de ella se deriva están siempre presentes en todos sus cuadros.

El jardín de las deliciasde EL Bosco, en el museo del Prado.

Comentario:

        En los tres paneles de su tríptico “El Jardín de las delicias”, sin duda su obra cumbre, llena de sugerencias y  difícil de explicar, El Bosco Ilustra el peor de todos los pecados: el de la lujuria.

En el panel izquierdo, aparece el paraíso, morada del hombre hasta que pecó y perdió la gracia. Aparecen animales fantásticos como el unicornio, la jirafa o criaturas imaginarias como el ave de tres cabezas, junto al estanque.

 En esta parte, se ve el árbol de la fruta prohibida, con una serpiente  enroscada en su tronco.

Pueden observarse que los animales salvajes. En un nivel inferior al hombre, se alimentan los unos de los otros, el gato al ratón, el león al ciervo. Uno de los enigmas de este cuadro se centra en la cabeza de un hombre, un rostro exagerado que podría interpretarse como el demonio tendedor, aunque oculto y al acecho.

En el panel central se encuentra el jardín de la lujuria; indica que el hombre ha perdido la gracia.

Aparecen  muchos símbolos, algunos de ellos de signo erótico como son las fresas que representan el placer de la carne.   El pecado original consistió en  comer la fruta prohibida. En la Edad Media “coger frutas” equivalía a tener comercio carnal.

En este panel central, aparece Adán, vestido y Eva en la entrada de una cueva, donde se retiran tras perder la gracia.

El Bosco muestra muchos símbolos, los filamentos de las rocas tienen forma de órganos sexuales, así como los arroyos y las cuatro esquinas de la sierra. El barco de Venus; el baño de mujeres rodeadas de jinetes. En la Edad Media montar a caballo era una metáfora sexual y el baño de Venus era como decir que se estaba enamorado.

si fuera una  narración, con su exposición nudo y desenlace, en la tercera parte del tríptico, vemos la consecuencia ultima del pecado. Vemos el fuego y el azufre, la guadaña fálica con dos orejas, un jinete con un huevo en la cabeza,  que simboliza la fragilidad del placer.

En este ultimo panel, aparecen visiones truculentas, horripilantes, fantásticas e infernales: Los Dragones, cuadrillas de  demonios, Así como otros símbolos del amor y la lujuria, representados en gigantescos instrumentos musicales.

Como características técnicas se señalan la minuciosidad en todos los detalles, la gran variedad, la riqueza cromática y la originalidad del tema tratado.

La Piedra de la Locurade El  Bosco, en el Museo del Prado .Óleo sobre tabla 48 x 35 cm

Comentario:

La extracción de la Piedra de la Locura conllevaba la recuperación de la cordura, según la tradición medieval. El Bosco, con ironía y gracia, aborda este tema, al tiempo que denuncia la estupidez humana, que siempre es aprovechada por otros para enriquecerse.

Los símbolos se repiten. El paciente porta una bolsa atravesada por un puñal, con claro significado de que esta siendo estafado. Del cinturón del cirujano cuelga una bolsa de dinero, es decir se enriquece con el engaño a los necios y crédulos. El embudo que leva del revés podría indicar que siempre recibe, sin dar nada a cambio.

         Las otras dos personas de la escena son un fraile y una monja. El primero, símbolo de la iglesia, es cómplice de este  engaño y participa de las falsas creencias y temores con tal de recibir beneficios económicos. La monja, que sostiene un libro cerrado, simboliza la incultura y también lleva su bolsa.

        La leyenda del cuadro dice” Saca fuera la piedra, mi nombre es Lubbert Das”, cuya trascripción a la realidad es de persona tonta, simple y boba.

Claramente en esta obra, El Bosco denuncia las creencias populares sin sentido, con las que se aprovechan de los ignorantes.

Posted by isisdiosa99 in 16:33:24 | Permalink | No Comments »


BORGES Y EL BOSCO


Por Esteban Ierardo


Tabla central de El jardín de las delicias. Obra del Bosco. Óleo sobre tabla, 220 x 195 cm , en el Museo del Prado, Madrid.

   En el ensayo que presento a continuación se traza una posible coincidencia entre la pintura del Bosco y la literatura borgeana en cuanto a su percepción del espacio. Mediante la multiplicación de figuras en lo pequeño ambos artistas expresan una realidad universal plena de imágenes y sentidos.


Para acceder a una completa galería con obras del Bosco:

 http://www.artehistoria.com/genios/pintores/gal1360-1.htm

BORGES Y EL BOSCO

Por Esteban Ierardo

   Luces matinales frotan un suelo llano. El cielo se acomoda en los bordes de su figura semicircular. La llanura palpita, diurna y vacía. No cubren su superficie tapices de colores ni formas diversas. Entonces, desde lo alto descienden el escritor y el pintor. Y descubren desapercibidas selvas. Dentro de la tierra llana. 

  El pintor: el Bosco; el escritor: Borges. El artista de la imagen pletórica y el de los ríos ordenados de palabras. En ambos creadores hallaremos el poder para hacer de la figura material (sea esta figura pictórica o literario-metafórica) un sendero abierto hacia lo que llamaremos el camino de la saturación de la materia; un movimiento que transforma el pequeño espacio en lugar numinoso, de selvática riqueza o multiplicidad donde se manifiesta y hace presente una totalidad plena de sentido.  

   1. El Bosco y la riqueza selvática de la materia

   Hieronymus Bosch pintó sus cuadros y su existencia en Hertogenbosch, sosegada ciudad de Holanda, a la que el pintor debe su célebre nombre. En el Museo del Prado sudan algunas de sus exasperadas fantasías. Centenares de figuras humanas,  demonios, animales y vegetales extraños pueblan los óleos sobre tablas (1). Estas y otras obras atesoró en el siglo XVI el monarca español Felipe II. En las imágenes del juicio final, del paraíso y el infierno del Bosco, Felipe encontraba un mensaje moral, un estímulo edificante, la advertencia de los peligros que acechan al alma que renuncia a la pureza y se hunde en el fango de la perdición. Para otros, la heterogénea fauna de figuras del Bosco aspiran sólo a divertir, a entretener, como los “grotteschi” de la ornamentación renacentista.   

El Bosco refulge en el escenario de una pintura flamenca que, en el siglo XV, ostenta la excelencia del incipiente naturalismo de Jan Van Eyck, o la vívida devoción sagrada de Rogier Van der Weyden. Brueguel el viejo será el pintor holandés cuya pintura evidenciará una importante influencia bosquiana. Influencia totalmente ausente en la pictórica flamenca posterior del siglo XVII relacionada con la hermosura femenina de Rubens, los retratos de Rembrant, o los famosos retratos colectivos de Frans Hals. 

    En 1560, Felipe de Guevara escribe la primera crítica de la obra del pintor neerlandés donde reduce su legado a una desaforada invención de “monstruos y quimeras” (2). Mucho después, el alemán Carel Van Mader afirmó que en el Bosco proliferan  “fantasías sorprendentes y extrañas…a menudo no tan placenteras sino más bien horripilantes a la vista” (3). En estas observaciones críticas emerge una primera variante: la pictórica del artista flamenco constituye una estética del horror extraño. Para otros, el pintor holandés es heraldo del curioso lazo entre herejía y liberación sexual. Aquí resuenan los timbales de la celebrada teoría de Wilhelm Fraenger. En 1947, Fraenger anunció que el Bosco integraba la Hermandad del Espíritu Libre, una herejía que apareció en la Edad Media, en el siglo XIII. El rito es camino llameante a lo trascendente. Y los Hermanos del Espíritu Libre encontraban su via apia hacia la trascendencia en la promiscuidad sexual. Mediante el desenfreno orgiástico creían recuperar la inocencia de Adán. Se les llamó entonces adamitas (4). Fraenger asegura que El jardín de las delicias nació de los pinceles del Bosco para responder a un pedido de un grupo de adamitas de Hertogenbosch, hogar del pintor. En la tabla central del tríptico fulguran, en abigarrado tumulto, numerosos cuerpos desnudos. La observación habitual es que mediante esta imagen de desnudez el artista moraliza y critica el exceso sensual y su alud de pecados. Para Fraenger, por el contrario, aquí se ilustra el goce y desinhibición de las prácticas sexuales de los adamitas. La crítica especializada suele rechazar la interpretación del estudioso alemán. La opinión popular la acepta complacido. El alucinado artista holandés se transforma así en involuntario progenitor de la liberación sexual contemporánea. El Bosco sería el antecesor del erotismo emancipador de Marcuse o de la “sexualidad terapeútica ” de Norman Brown (5). 

 El imaginativo pintor habría sido un heterodoxo, un audaz y encubierto hereje. Y también sería el primero en exhalar las imágenes del inconciente surrealista. El Bosco: liberador de la sensualidad reprimida y también emancipador del fuego de lo fantástico congelado por la razón moderna. Breton, en sus Manifiestos, lo legitima como pionero del inconciente creador inacabable, como explorador del magma preconciente y surreal (6). Dalí lo invoca asimismo y escucha desde el centro de su fiebre imaginativa.

  El Bosco anunciador de la liberación erótica contemporánea es parte de una hermenéutica moderna, quizá anacrónica. Pues acaso el pintor flamenco llega a su extraño universo no desde una iluminación heterodoxa sino como consecuencia de su profundo vínculo con la imaginación medieval. 

    En el Bosco las influencias medievales son esenciales. Los grabados populares fueron uno de los muchos alimentos de su pictórica. Sus Ecce homo ( el de Frankcfort y de Filadelfia) acusan el influjo de la iconografía y las composiciones xilográficas del siglo XV (7). Los grabados del Ars Moriendi del maestro, que firmaba con el monograma E.S, se manifiestan en La Muerte del Avaro y La muerte del pescador. El motivo de la Misa de San Gregorio se dispone en grisalla en el reverso de la Epifanía del Prado. En esta misa, durante la elevación del cáliz el Papa San Gregorio observa, arrobado, la aparición de Cristo sobre el altar. La sangre que emana de las llagas del Hijo de Dios se vierte en el cáliz. Era un milagro, símbolo del sacrificio crístico en la Misa, que fue representado frecuentemente en las estampas que se vendían en las ferias y los Libros de las Horas (8). La extracción de la piedra sugiere también el influjo de las miniaturas tradicionales que estampaban los códices. El prolífico repertorio de seres híbridos y monstruos del Bosco se aproximan a los monstruos del Salterio de Douai (1325) o El libro de las horas de Thérouanne. Otras ciudades del ducado de Brabante, como Amberes, Bruselas o Lovaina, estaban ávidas del arte moderno procedente del Renacimiento italiano. Pero Hertogenbosch, el horizonte urbano que contuvo toda la existencia del Bosco, permaneció, a pesar de sus fuertes lazos comerciales con Amberes y Brujas, un tanto aislada e impregnada por los últimos coletazos de la gótica Alta Edad Media.

  El Bosco se nutrió así vivamente de la iconografía medieval, de la contemplación de las piedras talladas de las iglesias, con sus gárgolas y grifos; o de la apreciación de las estampas de circulación popular; o de las imágenes de salterios o los Libros de las horas.

  Muchas figuras de significación simbólica en el universo de Bosch pueden ser enlazadas con imágenes-símbolos preexistentes en el océano cultural medieval. Los animales, como el pescado que aparece en El carro del Heno, La Tentación de San Antonio, o El Jardín de las Delicias, era presentado en los Bestiarios medievales como acompañante de Satanás. La rata en El tabernáculo espiritual se asocia a las mentiras que distancian de la verdad divina. Las colmenas y la miel con su representación medieval del placer sexual se muestran en San Jerónimo en oración; el sapo como vínculo con la hechicería y la herejía se posa sobre el vientre femenino en Los siete pecados capitales.

  La alquimia medieval, que perdura vigorosa en el Renacimiento, provee también de símbolos significativos a la pictórica bosquiana. La Fuente de la Vida del Paraíso terrenal del Jardín… enlaza con la Fuente de la Juventud Eterna que, a su vez, se asimila al poder regenerador y dador de inmortalidad de la piedra filosofal. En El Jardín de las delicias  la imagen del Huevo se reitera con una de sus formas más sorprendentes: bolas transparentes donde se alojan parejas de enamorados. El huevo es símbolo alquímico fundamental relacionado con un segundo nacimiento de índole iniciática. Este nuevo nacer es el que confiere el conocimiento. El huevo también es receptáculo donde germinan las potencialidades vitales. Y el huevo es emparentado con la imagen de la esfera, la calabaza o el globo. Es expresión así del universo o de la matriz primordial, el vas mirabile alquímico del que surge todo. El tema del árbol y los brotes que surgen de las rocas en El jardín también poseen reminiscencias alquímicas (9).

  También la antigüedad grecorromana pudo inspirar lo fantástico del Bosco mediante las gryllas, las figuras de la glíptica. Plino el Viejo aseguraba que Anfitos de Egipto denominó gryllos (lechón) a una imagen que realizó para satirizar a un hombre. Así se llamaron después las figuras glípticas que consisten en un repertorio de anomalías orgánicas: cabeza de las que surgen piernas; brazos o pies empotrados en la cintura de un cuerpo rematado por una cabeza de animal. La Edad Media atribuyó poderes mágicos a estas piedras con fantásticas combinaciones de cuerpos humanos y animales. Hubo una gran avidez por  coleccionarlas.

  El universo de imágenes medievales, y antiguas como los grylles, envolvieron al Bosco en la atmósfera sacra del cristianismo gótico. Pero también el artista holandés aspiraba las brisas religiosas exhaladas por las hermandades devocionales de Hertenbosch.   

   El Bosco pudo haber pertenecido a la Hermandad de la Vida simple. En la ciudad de Hertogenbosch pululaban los conventos y monasterios. Dentro de esta efervescencia sacra sobresalieron los Hermanos y Hermanas de la Vida Simple. Su aspiración era regresar a la originaria sencillez de la existencia evangélica. Su camino era la “devotio moderna”. Un sendero religioso inspirado por la “imitación de Cristo” de Tomás de Kempis (10). En Hertogenbosch el fervor cristiano también se avivaba mediante la estampa impactante de la gran iglesia de San Juan. Ejemplo nítido del estilo gótico brabanzón, este templo impresionaba por la riqueza de su decoración de talla, y los cuerpos de monstruos y peones que lucían sentados a horcajadas en los arbotantes que sostenían el techo.

  Otra congregación religiosa que difundió la devoción en el hogar del Bosco fue la Hermandad de Nuestra Señora. Entre 1486 a 1487 el nombre del Bosco aparece mencionado por primera vez en las listas de los miembros de la Orden. Esta comunidad profesaba el culto de la virgen, la “Zoete Lieve Vrouw” que se hallaba en la capilla de la Iglesia San Juan. En su seno se reunían laicos religiosos. 

  La hermandad se encargaba en ocasiones de trabajos para embellecer la capilla de Nuestra Señora en la Iglesia de San Juan. La mayor parte de la familia del Bosco pertenecía a la Orden y realizaba diferentes actividades en beneficio de la misma. El Bosco recibió varios encargos (una vidriera para la capilla nueva; un crucifijo, un candelabro). En 1504, Felipe el Hermoso, duque de Borgoña, le encargó un retablo que representara el juicio final que, por sus dimensiones abultadas (nueve pies de altura por once pies de ancho), se acercaba al Juicio final de Rogier Van der Weyden. 

  La férvida atmósfera religiosa de la ciudad del pintor holandés, sus trabajos de temática sacra para la Hermandad de Nuestra Señora y el duque de Borgoña, expresan el hondo compromiso del pintor con el cristianismo epocal. Aspectos que se suman a los que antes destacamos en cuanto a la influencia de la imaginería religiosa medieval sobre el arte bosquiano.

  Si es posible hablar de un talante heterodoxo en el Bosco éste sólo se desarrolló dentro de su visceral universo cristiano. La “heterodoxia cristiana” de Bosch surge mediante lo que pensamos es su liberación de la imagen de la función pedagógica propia de la pintura medieval. 

 En la Edad Media, la materia puede ser honrada como sustrato de símbolos, como escalera para ascender a la comprensión de lo absoluto (11). Pero en un universo cristiano, la justificación última de la hyle sólo puede relacionarse con un medio que ilustra o prefigura la realidad sobrenatural. Es preciso despojar a la materia de su valor intrínseco, de su entraña radiante, de la ebullición de su pura presencia. Lo material debe ser sólo instrumento pedagógico para decir la verdad cristiana. De ahí que una puerta, un tapiz, un óleo, un muro con frescos o las ilustraciones de la vida de santos sean manifestaciones del posible camino de la salvación o la advertencia sobre los peligros de la caída. En la representación artística medieval la materia actúa como resignado soporte de una pedagogía moralizadora. Como ética visual. 

En el siglo V, teólogos como Paulino de Nola en Italia y Nilo de Ankara en el Asia Menor, iniciaron una reflexión cristiana sobre el arte. Según el primero, el fin de la imagen de inspiración religiosa era estimular la oración o la plegaría de los peregrinos. Para Nilo, las decoraciones de las iglesias siempre debían nutrirse de los temas del Antiguo y el Nuevo Testamento, y no de intrascendentes escenas de caza o pesca.

  El Bosco también habría querido “enseñar” el camino cristiano hacia el espíritu. La pedagogia moral de las imágenes bosquianas denuncia las miserias del hombre y satiriza a su época. La burla destila su ácido crítico sobre los monjes y las diversas formas de pecado en una serie de obras moralizantes, algunas ya mencionadas, como El tablero de los siete pecados capitales y las cuatro postrimerías , en el Museo del Prado, La muerte del avaro, El Prestidigitador, El carro del heno, Las Bodas de Canaán. O La Extracción de la piedra. En esta última obra se critica la credulidad mediante un trasparente sentido alegórico. Rodeado por un amplio y cálido paisaje, un cirujano manipula su bisturí sobre la cabeza de un paciente a fin de extraerle una piedra. En la parte superior del cuadro se lee la inscripción, de esmerado trabajo caligráfico: “Maestro, quítame la piedra, me llamo Lubbert Das”. En tiempos del Bosco, extraer una piedra es un acto de curanderismo por el cual se buscaba curar al paciente de su estupidez. La extracción es así un simulacro; su falsedad se evidencia en el cuadro por el hecho de que el cirujano extrae una flor y no una piedra. En los relatos neerlandeses de la época, “Lubbert” alude a un hombre particularmente estúpido; de ahí la creencia de Das en la realidad de la operación quirúrgica. A su vez, un monje y una religiosa contemplan al cirujano y su víctima, lo cual insinúa que participan de una práctica que su ortodoxia debería rechazar de plano.

En La nave de los locos, en el Museo del Louvre, el Bosco satiriza la hipocresía clerical y los excesos populares de la gula. En una pequeña nave, una monja toca un laúd frente a un monje. Ambos comparten una gran francachela con unos campesinos. El mástil es un frondoso árbol en cuya parte superior se encuentra, enlazado, un pollo asado que un campesino busca liberar con un cuchillo. Sobre el cordaje de la derecha, que se extiende entre un extremo de la nave y el mástil-árbol, se sienta un bufón concentrado en beber un delicioso vaso de vino. Esta nave, sede de desenfreno, se inspira en el espíritu crítico de La nave de los locos de Brandt y es el opuesto de su contraparte positiva: la nave de la Iglesia, donde las almas eran guiadas por los clérigos hacia el cielo.

Pero el didactismo moral de varias obras del Bosco es superado acaso por el nivel más alto y genuino de su cretividad. Ese nivel donde la pintura ya no ilustra o representa la miseria o caída humana. Ahora, un universo extraño y divino, la triangularidad cielo-paraíso-infierno, rodeará al hombre. Triangularidad que contiene todos los niveles de una existencia sacra que ya no representa sino que presenta. El lienzo bosquiano se convertirá en la convincente y cercana presencia del cielo y el paraíso y sus maravillas, y del infierno con su calurosa y eterna tenebrosidad punitiva. En su fase más elevada de imaginación, el arte del Bosco no representa sino que hace presente, muestra como una hipnótica presencia el cielo, el paraíso y el infierno.

Así, un pintor que participa del significado alegórico moral del arte medieval consumará también una forma de liberación de la impronta instrumental de la pintura cristiana. En Bosch la materia pintada ya no es sólo medio para ilustrar una moral, o para representar lo sagrado. La pintura, la obra, es ahora lugar numinoso donde se hace presente y se muestra una realidad trascendente y esquiva. 

 Y el medio esencial del Bosco para convertir la pintura, la obra artística, en lugar material donde se hace presente una realidad grávida de sentidos es lo que meditaremos como la saturación figurativa del espacio pictórico. 

  El tríptico de El juicio final es ejemplo de la saturación figurativa de la obra pictórica bosquiana. En diversos momentos de la Edad Media ardió la certeza de un inminente juicio final. En Mateo, 25: 34, 41, Cristo predice que los elegidos se enaltecerán con una bienaventuranza eterna que les aguarda desde “la creación del mundo”. En el siglo XII, Joaquín de Fiore inició el milenarismo. Una doctrina que aseguraba que se aproximaba la tercera edad en la que la comunidad evangélica y la pobreza restablecerían el paraíso en la tierra. El presentimiento de una debacle catastrófica de la humanidad conturbaba los espíritus. La creencia en un aumento cuantitativo del pecado atizaba la espera de una destrucción cercana y, para algunos, transfiguradora. Según Sebastian Brant, contemporáneo del Bosco, los pecados habían experimentado una furiosa multiplicación. El himno del siglo XIII, el Dies irae (día de la ira) anunciaba el día en que el mundo se disolverá en ardientes cenizas. Las visionarias descripciones del apocalipsis de San Juan avivaron también su influencia sobre el espíritu popular mediante los grabados en madera de Durero. En los caminos del Renacimiento aún podía escucharse el agudo chillido de los condenados a las torturas en los nueve círculos infernales de Dante o de La visión de Tundale.  Esta omnipresente angustia apocalíptica espoleó la avidez del Bosco por representar el juicio definitivo de Dios. 

   En términos estrictamente teológicos, el castigo infernal es la eterna privación de la visión de Dios. La ausencia de un conocimiento contemplativo del ser divino es condena espiritual. Pero, en la imaginación popular, la situación infernal es esencialmente física, una constante carencia del bienestar corpóreo. Para el Bosco el infierno es también un patíbulo de opresión física. Así, el artista neerlandés, en su Juicio final, urde una maquinaria de agresión corporal. Algunos cuerpos son mordidos por serpientes; otros se abrasan en hornos. Un demonio femenino con patas de ave cocina a un desdichado a fuego lento junto a dos huevos blancos. Una mano emerge de un pequeño e indefinible cuerpo verde y atraviesa con el extremo fino y puntiagudo de una espada de hoja blanca a un desgraciado; otra criatura espeluznante, arrodillada, blande una daga con la que perfora los oídos de un torturado que yace recostado con sus brazos abiertos y sus rodillas genuflexas.

   Entre la geografía de calientes abismos y hornos del juicio final, se dispersan dragones, escuerzos, culebras, peces, pájaros, herreros y soldados torturadores, cuchillos, cañones, túneles, flechas, ollas, trompetas, escaleras, fogatas, ruinas de edificios, barcos, huevos, un serrucho y un tambor, espadas, pelícanos. Además de la profusión de figuras existen numerosas formas híbridas (mitad humanas, mitad animales). Todo este alucinado universo de figuras satura el espacio de la representación pictórica.

 La profusión o saturación de figuras no impera sólo en el espacio infernal. También se halla en obras del Bosco como El carro del Heno, Ecce Homo, el tríptico de los Santos Eremitas; o en tríptico de La tentación de San Antonio. O en el póstigo izquierdo del Paraíso de El jardín de las delicias. Allí, Adán y Eva están acompañados por Cristo y habitan el bello jardín. Una bandada de pájaros, en un vuelo espiralado, atraviesa un montículo de formas irregulares y se pierde en un hermoso cielo azul. Elefantes, unicornios, un árbol con ramas semejantes a brazos, diversas criaturas acuáticas, terrestres y aéreas, un indefinible vegetal rosado como fuente saturan la representación pictórica. La materia pintada. 

   En el Bosco, la materia pintada es intensificada por el exceso de figuras. Es un espacio selvático. La máxima densidad en un volumen estrecho. La imagen deviene receptáculo donde la vida se hace profusa, multiplicada, selvática. La lógica de lo selvático figurativo es el máximo de figuras (raíces, plantas, hojas y animales) en volúmenes reducidos. La multiplicidad en lo diminuto. La amplitud abigarrada en la pequeñez.

  ¿Qué es lo que dice o expresa un espacio así colmado, saturado, selvático? El primer impacto de la pintura bosquiana es el vértigo ante las formas del horror (el caso del Juicio final), o el asombro (el Paraíso en El Jardín de las delicias). Pero estos son efectos de superficie que diluyen en un silencioso claroscuro la naturaleza más esquiva y honda de las imágenes selváticas del Bosco.

  Las figuras múltiples que saturan las pinturas de Bosch son signos de transformaciones fantásticas, de operaciones metamórficas. En el espacio pictórico bosquiano, toda forma cerrada y pura se desvanece. El hombre metamorfoseado se confunde con animales, vegetales o supuestos objetos inanimados. Irrumpen así en el universo visual del Bosco un hombre-cardo, una suerte de ave cuya nariz se troca en una trompeta metálica; un enano con cuerpo emplumado y cola de lagarto; humanos encerrados dentro de huevos semitransparentes y gelatinosos; una especie de manzano cuyo tronco son piernas humanas, sus ramas brazos y su copa un búho; un hombre-árbol; ratas con alas de insectos; caballos de vientres que se mutan en botes de gres.

   Estas diversas expresiones de seres híbridos o metamórficos podrían sugerir una innovación en el lenguaje plástico, una fractura respecto a la imaginación medieval anterior. Pero no es así. Cada una de las figuras metamorfoseadas (seres horrorosos o fantásticos, o ambas cosas a la vez) pueden ser relacionadas, como ya advertimos, con la imaginería gótica, con la iconografía y simbólica medievales. La metamorfosis esencial que trae el Bosco no es la de cada figura particular transformada, sino la metamorfosis del espacio mismo de la representación pictórica. Como también destacamos ya, en la pintura medieval la imagen es instrumento para señalar contenidos morales, verdades ortodoxas y trascendentes. La imagen representada alude a lo que no es directa presencia, y debe, por tanto, ser representado e indicado: el corazón ético y espiritual del orden divino cristiano. Mediante una simbólica visual, el arte pedagógico medieval simboliza una verdad suprema.  El espacio pictórico mismo no dice. La materia pintada, por sí misma, no expresa o revela. Pero ahora, la imagen selvática, multiplicada y saturada del Bosco, transforma al espacio pintado. Aquí ya no se representa.  La realidad como lo otredad sagrada o extraña se concentra y muestra en el espacio pictórico mismo como vida multiplicada. El vértigo del exceso de las muchas y sorprendentes figuras suspende o relega a un segundo plano toda interpretación intelectual, o el mero goce o estremecimiento visual. El primer efecto de la imagen selvática del Bosco es la percepción de lo universal y múltiple concentrado en un espacio pequeño y estrecho. En la materia pintada con el exceso y la saturación, la realidad extraña y sagrada ya no es sugerida. Se hace presente como radiación de fuerzas. La obra, su materialidad, devienen lugar numinoso. Centro de irradiación de la vida otra, divina. Sobrehumana. La pictórica medieval tardía del Bosco ya no enseña verdades seguras, pero lejanas. Ahora desnuda en la proximidad la naturaleza múltiple y, a la vez una, de una realidad otra y universal.

Así, en el Bosco no se representa ya el Jucio Final, sino que éste aparece y es en la imagen. Es presencia. Asimismo, el jardín de los deleites o el paraíso no son representaciones de algo situado en un lugar ausente, sino que se hacen presentes en el espacio pictórico saturado de formas.

Este hacerse presente en la imagen de una región sagrada por parte del Bosco, es afín a la teología estética bizantina, al arte cultivado en la Iglesia cristiana en lo que fue el Imperio Romano de Oriente. Para la teología de la iglesia ortodoxa la imagen o icono es el espacio bidimensional que no representa un hecho de la historia sagrada sino que pretende mostrar la realidad eterna misma. Por un vía distinta, mediante lo bidimensional y una escasez de figuras, en el bizantinismo también lo pintado es estallido de trascendencia. La imagen pictórica que presentifica lo trascendente también se halla en las pinturas de El Greco; desde su Expolio hasta sus últimas obras de fuerte impronta mística son quizá una exacervación del espíritu bizantino en el que el pintor de El entierro del Conde Orgaz se formó en su juventud en Creta.

Por otra parte, la saturación pictórica a la que hemos aludido, es posible encontrarla también en los frescos y el Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Allí, el pintor satura el espacio con cientos de figuras. Pero, más allá de su referencias a la historia sagrada, las figuras mutiplicadas remiten al cuerpo humano, y a la conocida preocupación michelangelesca por la armonía y belleza corporales. Esta profusión del cuerpo humano estilizado estimanos que no logra superar el orden de la representación como sí lo consigue la combinación de figuras metamórficas y fantásticas con las anatomías humanas que dominan los trípticos bosquianos.

El Bosco, y su hacer presente la máxima realidad en la imagen pictórica, es un posible antecedente de la búsqueda moderna de la pintura vanguardista, del abstraccionismo kandinskiano, lírico o expresionista (12); el abstraccionismo geométrico de Mondrian manifestado en la revista de Stijl (13), o el neoexpresionismo norteamericano (14). Y Casímir Malévich, y su estética suprematista, donde se busca una pintura libre de toda representación. 

  Malévich, el pintor ruso, buscó cultivar una “sensibilidad plástica pura”(15). En el pasado, la pintura se sometió a las imposiciones y necesidades de la religión y del Estado. Ahora, el arte pictórico busca emanciparse definitivamente. Para ello, la pintura deviene expulsión de las imágenes figurativas que imitan o representan la realidad visible. Cuando la pintura se despoja de toda representación “¡no queda más que un desierto!” (16). En el desierto plástico ya no hay multiplicidad de cosas. Cuadro paradigmático de esta estética del vaciamiento figurativo de Malévich es una pintura que no representa más que un cuadrado negro sobre un fondo blanco. Las formas son reducidas a un mínimo. Desertificación de la imagen en contraposición a la selva figurativa de El jardín de las delicias, o de El juicio final de Bosch. Pero el desierto de Malévich o la multiplicidad selváticas del Bosco bregan por un mismo efecto. Para el pintor ruso el cuadrado negro es la sensibilidad, “y el fondo blanco= la nada, que está fuera de la sensibilidad” (17). El impacto cromático de lo blanco induce la experiencia de un espacio puro, absoluto, que está fuera de la percepción sensible de las cosas visibles y supuestamente reales. La tela suprematista, su superficie ascética y desértica, se convierte así en la irradiación de un espacio no dividido; lo real como libertad de la sensibilidad, ya no como servidumbre a seres que se repiten. Por otro sendero, Hieronymus Bosch también transforma a la obra en lugar espacial que no representa sino que muestra y entrega el núcleo llameante de una realidad universal y vital.

  La imagen selvática del Bosco y la austeridad desnuda, el minimalismo figurativo, la abstracción cuasi-pura, inducen un idéntico estado perceptivo: el espacio pictórico que transforma la intrascendencia de la espacialidad cotidiana y profana y que expresa una realidad sutil, viviente y borboteante. 

  En la época del mago de Hertenbosch crece la intrascendencia simbólica de la materia y, por ende, de lo que muestra o exhibe el espacio. Las formas naturales de los animales, las imágenes religiosas tradicionales, de hondo impacto visual (la cruz, la catedral, el vitral) pierden su envergadura de puentes simbólicos hacia una otredad sagrada. La naturaleza y la obra de arte latían ya como símbolos lejanos, debilitados. La materia y sus formas empiezan a callar. Se hunden en un silencio que no dice. La materia, la naturaleza, es espacio mudo, viciado ya por la imposibilidad de expresar. En este horizonte de la sensibilidad, el Bosco ensaya una metamorfosis esencial. La transfiguración de lo material. El pasaje del espacio físico inexpresivo hacia el espacio que deja que lo real múltiple se exprese. La riqueza selvática que se expresa en la pintura del Bosco puede ser descompuesta en miles de detalles que potencian su presencia al ser ampliados. Cada figura o lugar particular de las obras bosquianas son posibles hojas que brotan de una rica vegetación frondosa y una. La sucesión de cada detalle agigantado es brote de un solo tronco, del ser que entrega el espacio donde crecen todas las figuras e imágenes. El único tronco puede extender sus ramas-figuras en la ondulación del rostro del espacio. Todo dice y revela el espacio selvático. Espacio invadido por numerosas flores (formas, imágenes, detalles, que convierten la materia pintada en un hervidero de significación). Esta quizá es la piedra filosofal del pintor: que la obra sea expresión total, sin depresiones opacas o frías superficies que no encandilan ni hechizan. El pintor alquimista Bosch  mata la materia falsa, la que ocupa el espacio pero no incendia. Mata el espacio de formas indiferentes, vacía de símbolos. Mata el espacio llano y silencioso para que luego nazca el otro espacio áureo, el de los muchos rayos de una sola tormenta, extraña, acaso divina, que nos habla y abraza (18). 

   Otro de los artífices que mata el espacio intrascendente camina, sereno y ensimismado, por rectas calles de un lejano sur. El viandante ama los trazos que inventan ordenadas selvas de palabras en un papel en blanco.

  El escritor se declara escéptico y agnóstico. Para él, el dios o los dioses lloran su falsedad en las playas de la desesperación humana. Pero su credo más vigoroso no es ya seca desazón. Su fuerza es el deseo de un cielo fantástico que quema las cicatrices. Las cicatrices de una tierra abandonada.

  Para este solitario artista, lo diminuto puede ser invadido, saturado, colmado por lo grande. Lo exiguo transfigurado por un exceso de vida universal. Por una riqueza selvática. Lo exiguo: un punto, una novela desordenada, la piel de un jaguar, un asfixiado laberinto. Una moneda… 

2. Borges, y la selva universal en la pequeña puerta.

  En el calor de una de las narraciones más singulares, El Zahir, el escritor argentino rememora la extinguida belleza de Teodolina Villar. Mujer ávida de modas o de publicidades, de exhibicionismos y reuniones ligeras.  

   El primor femenino se extinguió tras el beso gélido de la muerte. Luego de asistir al funeral, Borges se relaja en un bar para degustar una bebida. En el vuelto recibe una moneda, un aparente objeto vulgar. Que en realidad no lo es. Porque es un Zahir. Zahir en árabe es lo notorio, lo visible. El principal efecto mágico del Zahir es condenar a quien lo ha contemplado una sola vez a recordarlo  continuamente. La memoria, como intangible espacio psíquico y personal, es saturado por las repetidas imágenes del Zahir. Que regresa y regresa. La saturación del Zahir es su repetición memorística. Pero el Zahir también es capaz de saturar un espacio visible, físico. 

  En el devenir de su relato, Borges rememora el zahir del persa Lutf Alí Azur, polígrafo y derviche que, en su enciclopedia biográfica Templo de fuego, refiere un astrolabio de cobre, en el colegio de Shiraz que, al ser observado una sola vez, obsesiona al observador con la repetición de su imagen. Y luego se alude al presunto narrador Meadows Taylor quien, hacia 1832, escuchó de un “tigre mágico, que fue la perdición de cuantos lo vieron, aun de muy lejos, pues todos continuaron pensando en él hasta el fin de sus días” (19). Un faquir musulmán, uno de los hechizados por el zahir tigresco fue alojado en una celda del reino de Mysore. En aquel estrecho recinto el embrujado prestidigitador había creado un tigre infinito. “Este tigre estaba hecho de muchos tigres, de vertiginosa manera; lo atravesaban tigres, estaba rayado de tigres, incluía mares e Himalayas y ejércitos que parecían otros tigres” (20). El espacio carcelario es lo estrecho, lo concebido para ahogarse en su propios límites. Pero la imagen felina se repite en sus muros. El tigre que se repite, trae y muestra el agua ondulante de los mares, las líneas de las montañas que ascienden hacia el cielo. Lo que antes era una pequeña retícula material, la diminuta cárcel que sofoca, ahora se convierte en espacio abierto a una vida rica. Por la saturación de la figura tigresca  un estrecho recinto presidiario deviene lugar de concentración de la vida amplia e intensa. 

   Y el Zahir que se repite prefigura una omnipresente realidad sagrada. Borges recuerda que, en la obra  del místico persa Attar, en el Asrar Nama (Libro de cosas que se ignoran) el Zahir es la “sombra de la Rosa y la rasgadura del Velo”. La sombra de la rosa es prefiguración de la bella flor divina. La rasgadura del velo es lo que abre en el mundo terrenal una abertura que permite la entrevisión de lo numinoso o sagrado. Por eso, en el final de su relato, Borges relaciona la afirmación sobre la rosa y el velo con el recuerdo de que “para perderse en Dios, los sufíes repiten su propio nombre o los noventa y nueve nombres divinos hasta que estos ya nada quieren decir. Yo anhelo recorrer esa senda. Quizá yo acabe por gastar el Zahir a fuerza de pensar y repensarlo; quizá detrás de moneda está dios” (21).

  La doctrina sufí es el latido místico de la fe musulmana. Los sufíes practican su oración, la dikr (22), en la que mediante la repetición cinco o diez mil veces de la fórmula “no hay más dios que Dios” pretenden traspasar el velo y experimentar la vida secreta de la rosa. La repetición del nombre satura la conciencia individual, disuelve los límites del yo. Transforma la conciencia en lugar de manifestación de una profundidad divina, sagrada. 

  Y el sendero de pequeña materia saturada por lo universal continua en El Aleph.  

   Gracias a la imaginación borgeana, la primera letra del hebreo se convierte en “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”. La tensión narrativa se vincula nuevamente a una mujer amada desaparecida: Beatriz Biterbo. Luego de la desaparición de Beatriz, el enamorado visita regularmente su casa, en la calle Garay, donde aún vive su primo, Carlos Argentino Danieri. Danieri es un fallido émulo de Whitman. Lo mismo que el poeta de Cantos a mí mismo o de Hojas de Hierba, Danieri se proponía versificar toda la redondez del planeta. Sus ambiciones líricas eran elevadas aunque su único dudoso talento consistía en “dilatar hasta lo infinito la posibilidad de la cacofonía y el caos” (23). La relación entre Borges, el narrador, y el pariente de la difunta, adquiere el sesgo del fastidio disfrazado de buenas maneras. 

   Hasta que el teléfono suena en una oportunidad cerca del autor de Ficciones. Al levantar el auricular la voz de Carlos Argentino chilla presurosa y alarmada. Confiesa el temor a perder la casa de la calle Garay por un litigio judicial. Esto significaría la pérdida de una querida propiedad familiar y de una fantástica presencia. En el sótano de la casa, en el peldaño diecinueve de la escalera que conduce al recinto subterráneo, fulge una pequeña esfera tornasolada de casi intolerable fulgor, un llameante y mágico círculo, el lugar donde se concentran y resplandecen, sin confundirse, todas los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. 

   Borges sospecha que una espesa locura cabalga por el cerebro de Carlos Argentino. Pero en él, la curiosidad late con más energía que la duda racional. El escritor de El Aleph acude entonces hasta la casa donde brilló la grácil aura de Beatriz. Antes del descenso al sótano mágico, Danieri le comunica al escritor unas previas instrucciones indispensables: “una copita de… coñac y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los ojos en el décimonono escalón de la pertinente escalera” (24).

   El creador de El sur y las Ruinas circulares desciende. Las puertas se cierran con un golpe bronco. La oscuridad hormiguea rápida y apabullante por todo el sótano. En la mente de Borges vive un nuevo temor. Todo fue un simulacro. Una estrategia de Danieri para conducirlo a una tumba en lo profundo de la urbe. Sin embargo, el narrador recuerda las instrucciones del primo de Beatriz. Se recuesta entonces; endereza sus ojos hacia los peldaños. Y rápido descubre la esfera, el fulgor, el exiguo punto que brilla. Y entonces acontece el instante extraordinario. La revelación visionaria, la asombrada percepción de un “instante gigantesco”, de “millones de actos deleitables o atroces” que se mostraron en un mismo punto, “sin supersticiones y sin trasparencias”. La vastedad del macrocosmos en la concentrada pequeñez del microcosmos, el multum in parvulo (25). Una selva universal tras una pequeña puerta abierta en el espacio.

  La visión impone una tragedia lingüística. La revelación del Aleph trascurre en un efímero instante.  Pero la recreación de aquella experiencia instantánea dentro del lenguaje necesita de la sucesión, del devenir, de una lenta y progresiva enumeración de lo contemplado. “Lo que vieron mis ojos fue simultaneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es” (26). El vértigo de la experiencia instantánea es inefable, fuera de toda enunciación posible. La imposible expresión verbal del Aleph exige una aproximación metafórica, una evocación simbólica. El simbolismo místico será el principal manantial  para mitigar la “desesperación del escritor” frente a lo indecible. Borges apela entonces a la metáfora esencial: la esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. La geometría esférica sin circunferencia  es ancestral expresión de la divinidad infinita. Su centro es lugar de máxima intensidad, de fogosa concentración vital. Es el lugar saturado por la presencia de la totalidad de lo real.  El Aleph es por tanto el centro donde el ser profundo se manifiesta y satura la materia. El centro es por excelencia lugar numinoso. 

  Percibir todo lo que muestra la materia-centro, la materia saturada y selvática es  imposible para la pobreza de nuestros sentidos. Pero también lo es percibir cualquier cosa que está ahí, en su supuesto darse en la cercanía. Tal es el caso, por ejemplo, de una montaña de nívea cumbre. La montaña se expande en las cuatro direcciones del espacio. Vista desde la altura, sus laderas se desparraman hacia una figura circular. En la superficie montañosa pululan rocas, plantas, animales, suelos de diversas texturas y tonalidades. Pero nuestra limitación corporal nos condena a percibir sólo un perfil posible de la montaña de blanca cima. La verdadera elevación montañosa sólo sería visible para quien pudiera contemplarla desde todos los ángulos posibles a la vez. La percepción simultánea de todas las aristas del objeto físico es una posibilidad intelectual, el postulado de una especulación racional. Pero es imposibilidad corporal. Sólo una experiencia visionaria, o un acto de la imaginación literaria, puede devenir el místico ojo (ojo ya no de un humano sino de una divinidad total y misteriosa) capaz de contemplar en un solo acto todos los colores y figuras que emanan de cualquier cosa. Semejante imposibilidad se extiende a la visión simultanea de todo lo que es, gira y se concentra en el punto-universo, en el radiante Aleph, pequeño círculo que contiene todos los círculos (27). 

  Vemos que, en el Aleph, la materia es despojada del acecho de la intrascendencia dado que cualquier punto puede ser saturado, “estallado”, por la concentración e irrupción de la totalidad.

    El animal nace de la boca de una luna misteriosa. El animal se baña en las aguas quietas de la selva. Crece con los ojos atestados de flechas. Flechas que esperan el corazón o el cuello de alguna víctima. Y el felino que atraviesa senderos de hojas, serpientes y viejas rocas, percibe hilos extraños, delgados, que seres frágiles, pero astutos, arrojan sobre su cuerpo caliente. Son guerreros cazadores. Que atrapan con sus redes al jaguar. Que luego conocerá un encierro subterráneo en un espacio estrecho. Todos los días, un exiguo rayo de luz solar inunda el recinto del subsuelo y a un prisionero: Tzinacán. Y Tzinacán contempla, embelesado e intrigado, en una celda contigua, separada por barrotes, la piel moteada del felino. Y, allí, entre las machas, descubre una escritura divina y oculta, grávida de poderes arcanos. ¿Qué dirán las letras estampadas en la pasión felina? ¿Estarán allí las tumbas para los demonios españoles?…

  En La escritura del dios, Borges anima al personaje Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom. Los españoles han conquistado Tenochtitlán. El viejo orgullo mixteca sufre bajo los estandartes y cañones invasores. Tzinacán es encarcelado en un recinto subterráneo. Entonces, recuerda una de  “las tradiciones del dios”.  En un tiempo final acontecerán tristes calamidades. La divinidad escribió una sentencia mágica para conjurar los males del mañana. La tradición recuerda aquel acto de escritura divina. Pero desconoce el lugar donde sus letras misteriosas se imprimieron. Tzinacán padece la angustia de no saber. Medita en los posibles receptáculos de la sagrada inscripción. Aquella superficie quizá sea un lugar con la dureza de la eternidad. Pero todo lo cercano a lo humano vive en el tiempo. La tierra y sus habitantes respiran el devenir continuo. Y también el firmamento donde la mudanza alcanza a planetas y estrellas. Entonces, acude a la mente del sacerdote cautivo un recuerdo decisivo: el jaguar es “uno de los atributos del dios”. En su piel acaso brillen los caracteres sagrados. La epidermis felina no será entonces pura extensión, una forma entre otras, reducida a la mera función del existir y el sobrevivir. En la piel del animal elegido como receptáculo de la sentencia divina, yace concentrado, silenciosa, velada, en delicado disimulo, el poder vasto de la divinidad, para el que nada es exterior. En la interioridad sin límites del dios, todo sitio puede ser igualmente territorio de concentración del ser. La manifestación de la amplitud divina se aviva en el lugar elegido por la deidad para concentrar su poder extraño, su energía universal indefinible para la lengua humana. El lugar elegido: la piel del jaguar, la vestimenta magnética del felino. Tzinacán entonces disemina miradas en la pelambre moteada y fascinante del animal. Y descifra al fin la escritura deseada, la gramática secreta que revela la esencia y el nervio poderoso de un dios. La exigua piel felina se transforma así en corazón al que acuden todos los ríos que fluyen por el cuerpo infinito del dios. Y entonces, ante el postrado y encarcelado sacerdote, se desnuda una rueda en la que entretejidas se hallaban “todas las cosas que serán que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos y me bastaba ver esa Rueda para entender todo, sin fin” (28). El sacerdote doliente deviene visionario. Ve la amplitud del universo en la rueda, que está en la letra divina; letra que, a su vez, se halla concentrada, condensada, en un exiguo punto de la piel del felino. Y Tzinacán  ve entonces a los primeros hombres que narra El libro del común (El Popol Vuh); esos hombres cuyos rostros fueron despedazados por no agradecer ni respetar a los dioses y los seres. Contempla todas las líneas y redes de lo vivo. Y Tzinacán entiende la escritura del tigre, y se une “con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren”) (29). Unión que se produjo en la caliente piel de un animal donde se vierten las selvas de lo diverso constituidas por todas las cosas y seres.   

 La moneda, la cárcel, el punto, la piel del jaguar, son formas del espacio saturado en Borges. Pero la saturación fantástica de lo material también involucra el tiempo. El tiempo saturado, selvático, se expresa en la figura de una infinita red bifurcada…  

   En el escenario de la segunda guerra mundial, Borges imagina un curioso personaje: un espía alemán de origen chino. En el cumplimiento de una misión, Yu Tsun es hecho prisionero por los ingleses. Logra escapar. Luego de un viaje sobre rieles, donde el tren “corría con dulzura entre fresnos”, arriba a la casa del doctor de Stephen Albert, personaje también singular. En un país devastado por la guerra, Albert es un sinólogo, un especialista en la cultura china. La llegada del espía chino-germano al hogar de Albert es parte de una escena esperada. El sinólogo le refiere a su especial visitante la historia de su antepasado Ts’ ui Pen, un gobernador, astrólogo, ajedrecista, poeta, calígrafo, que “todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto” (30). El soberano abdicó y por trece años vivió en el Pabellón de la Límpida Soledad. Tras su muerte, sólo dejó una novela que en realidad era un conjunto desordenado y caótico de papeles. Ts’ ui Pen también escribió: “dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan” (31). Albert le asegura a su visitante que el libro y laberinto eran un solo objeto. La novela, carente de toda  narratividad lineal, es un laberinto, un jardín de muchos senderos que se bifurcan. En ella, un mismo hecho no acontece una sola vez y en un solo plano temporal. “Fang digamos tiene un secreto, un desconocido llama a su puerta. Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles. Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etc. En la obra de Ts’ ui Pen, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones” (32). A diferencia de lo que suponían Newton y Schopenhauer, el tiempo no es lineal, homogéneo, único, absoluto. En cada instante, un hecho cualquiera se bifurca en “infinitas series de tiempos”. Cada hecho se desdobla en infinitas variaciones dentro de una “red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes, paralelos” (33). El tiempo verdadero es la unidad de los infinitos hilos o caminos temporales paralelos. Por consiguiente en cada instante temporal obra en silencio un torbellino de transformaciones, de variaciones de un mismo hecho. Cada hecho se halla saturado, atravesado, por inacabables bifurcaciones temporales. Esta saturación borgeana del instante temporal apela a su vez a imágenes espaciales: jardín, red, laberinto.

  El laberinto es también una forma de saturación mediante la multiplicación de senderos que dividen, parcializan y complejizan el espacio. La saturación borgeana de lo laberíntico es observable en relatos como El Inmortal, La muerte y la brújula, La casa de Asterión, Bojancán el Bojarí, muerto en su laberinto. La saturación mediante la multiplicación también es nítida en Los tigres azules, donde unas piedras se reproducen o multiplican inexorablemente; o en la Biblioteca de Babel, donde la forma arquitectónica mínima o básica de una galería hexagonal se multiplica de manera inacabable en una biblioteca infinita.

  La imaginación fantástica borgeana satura e intensifica cada particularidad del espacio (cada Aleph), y cada instante del tiempo (cada senda del jardín de los senderos que se bifurcan). En todos los casos, la saturación es una cuerda extendida hacia una realidad  vertiginosa, total y divina.

  La libertad de la ficción le permitió a Borges gozar con la experiencia de una intensidad absoluta y escapar así de su escepticismo respecto a la existencia de una realidad trascendente y universal. En multitud de ensayos, y algunas ficciones, Borges expresa la alteridad no experimentable de lo real. La realidad es ajena al lenguaje y a toda proposición que pretenda capturar su verdad sustancial. Por eso, en el imaginario planeta de Tlon, sus metafísicos “no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro”, y “saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquier de ellos” (34). Ninguna totalidad conceptual o sistema cazará o expresará nunca la verdad radicalmente inaccesible del universo.

  Pero quizá lo real no sea ninguna totalidad, ninguna universalidad. Acaso las únicas hierbas reales de la existencia sean los instantes, las particularidades, las sensaciones que duran un segundo, los detalles que componen los seres, los objetos. 

  En ese caso, la insatisfacción vuelve a lastimar el deseo humano por conocer. Los instantes se desvanecen demasiado rápido. Son destellos de la vida que las palabras no podrán retener. Y, por lo tanto, tampoco conocer. La riqueza de cada momento singular es agua que siempre escapa de nuestras manos. 

  El destino del lenguaje es no decir. 

  La palabra poética abriga una ambición expresiva equivalente a la de la ciencia. El discurso científico desea decir la verdad mediante  el rigor de la proposición lógica. El verbo poético quiere expresar la belleza o el ser que emana lo bello mediante la versatilidad de la metáfora. Pero ni el lógos científico ni la imagen poética podrán expresar todo lo que es la vida. Imposibilidad de la expresión que es testimoniada por el poeta Marino en La rosa amarilla borgiana. Durante toda su existencia, el lírico italiano pretendió expresar, con bellas palabras, la hermosura de la rosa. Pero, en su lecho de muerte, poco antes de morir, vio una rosa amarilla que descansaba cerca, en un jarro. El poeta comprendió entonces la distancia y extrañeza de la flor. Advirtió la imposibilidad de capturar su esencia profunda mediante la finitud de las palabras; entendido así que toda su obra poética no era un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo (35).

    Sólo en el comienzo, en una aurora definitivamente perdida, el lenguaje habría sido lo dicho; sólo en un alba extinguida las palabras habrían sido idénticas a las cosas, y viceversa. Identidad entre el nombre y la materia, entre el significado y el significante. Sólo el lenguaje adánico gozó con la armonía entre el hombre y el mundo. Al quebrase aquella unidad, la realidad se convierte en un misterioso velero que continuamente se aleja de los puertos del lenguaje. Y la distancia crea nostalgia. Nostalgia de un poeta por la desvanecida unión entre la palabra luna y la opalina y brillante esfera en el cielo de la noche (34).

  Luego de la nostalgia poética por la realidad inexpresable, surge el escepticismo doctrinario, el pensamiento que asegura la distancia entre el lenguaje y lo real. Sin embargo, el resignado escepticismo borgeano se desvanece cuando el escritor se abre a la ficción donde el sujeto se funde con una realidad de espesor sagrado. La realidad de las muchas formas, de la inacabable vitalidad que luego concentra toda su selvática savia en un algunos sitios o lugares numinosos. Que la imaginación literaria puede descubrir.

   La historia del arte es la colección de los distintos modus operandi para convertir un retazo de espacio físico, visual o sonoro, en lugar otro, numinoso, colmado de atrayente magnetismo. Pero la interpretación o valoración de la obra como hecho radiante la sitúa  muchas veces fuera de todo devenir sagrado. En la modernidad pos-estructuralista, la obra es concebida como cavidad abierta a las múltiples interpretaciones de lectores o receptores. La obra es para ser enriquecida o prolongada indefinidamente por la libertad y variedad de las valoraciones. Orgullosa, la obra se viste con una doble indiferencia: desdén o desprecio por el arte como revelación o presentación de una realidad universal y visceral, anterior al círculo disímil de las interpretaciones. Y la obra se muestra indiferente ante su posible condición de sitio de concentración y afloración de la multiplicidad de la vida dispersa en la amplitud del espacio y el tiempo.

  Toda obra anhela la condición numinosa. Pero pocas ambicionan ser fogatas visibles de una totalidad trascendente. Aquí brilla la diferencia de la pintura del Bosco o de algunas ficciones borgeanas. La imaginación artística transfigura un átomo de espacio  en un sitio de concentración e irradiación de la riqueza múltiple de lo real. Este sitio numinoso son las tablas pintadas del Bosco; o una moneda, una novela desordenada, la piel de un jaguar, un peldaño aparentemente insignificante de la escalera de su sótano, en el caso de Borges.

 En cualquier retícula de espacio Borges o el Bosco pueden excavar y hallar las selvas de imágenes y contenidos que se propagan por todas partes.

 Cualquier lugar en la naturaleza, en el espacio o la materia, pueden abrigar así una frondosidad selvática.

   Pero en la naturaleza parecen predominar las geografías llanas. 

   Los grandes espacios naturales confunden la mirada. El cielo parece despoblado, uniforme. Las nubes y tormentas que a veces lo invaden son visitantes de paso, efímeros. El mar impresionan con su llana amplitud líquida. Los desiertos y llanuras y las estepas, muestran también sus cuerpos despoblados. Bosques y selvas saturan la geografía con la vida múltiple. Pero lo selvático y boscoso son una hebra siempre circundada por los espacios uniformes y llanos.

  Sin embargo, dentro de todo lo llano suda una selva velada. Suda la selva en la múltiple danza de electrones y partículas de cada átomo. En cada pequeñez material se acumulan capas de tiempo, de días y noches, sombras y luz, de colores y misteriosos. Cada sitio alberga en su vientre un exceso selvático, una realidad vertiginosa y universal que rompe sus olas en cada playa pequeña.

  Esa playa es una tabla que un visionario holandés sigue pintando. Esa playa es una esfera fulgurante en un peldaño olvidado que un escritor solitario sigue contemplando. (*)

(*) Fuente:  Este ensayo es editado aquí de manera original.

Citas

(1) Las obras del Bosco que se hallan en el Museo del Prado de Madrid son: Los siete pecados capitales, El carro del Heno, El Jardín de las delicias, Coronación de espinas, La tentación de San Antonio, La Epifanía.

(2) Felipe de Guevara, Comentarios de la pintura, Madrid, 1788.

(3)  Carel van Mander, Das Leben der nieder landischen und deutschen maler, Munich, Leipzig, 1906.

(4) Sobre la herejía de los adamitas o los Hermanos del Espíritu Libre, puede consultarse Norman Cohn, En pos del milenio, Alianza universidad, pp. 147-186.

(5) Ver Norman O. Brown, El cuerpo del amor, donde se presenta al El jardín de las delicias como preámbulo visual de su doctrina.

(6) Ver André Breton, Manifiesto sobre pintura surrealista.

(7) En una xilografía anónima medieval del siglo XV, se hallan sugerentes elementos decorativos semejantes al Ecce homo de Francfort en un sombrero de extremo puntiagudo de Poncio Pilato y en las vestimentas de los acólitos.

(8) En la Edad Media, Los libros de las horas son devocionario con oraciones que contienen debían ser leídas a determinadas horas del día. Los libros de horas eran por lo general de formato reducido (octavo o cuarto menor) e ilustrado de manera muy profusa. Uno de los libros de horas más famosos es el llamado Les très riches heures de Jean Duc de Berry. Es ilustrado por medio de ricas miniaturas que trazaban un vivido cuadro de la vida y los trajes flamencos de la época. Los “Hermanos de la Vida Simple” holandeses y alemanes generaron una intensa actividad en la producción y venta de libros piadosos ilustrados.

(9) Sobre el puente entre la obra del Bosco y la alquimia puede consultarse M. Gauffreteau-Sévy, Hieronymus Bosch, “el Bosco”, Barcelona, Nueva colección Labor, 1969, pp.74-84.

(10) Ver Thomas de Kempis, La imitación de Cristo, Biblioteca Cristiana, Planeta- Agostini.

(11) Sobre esta cuestión puede consultarse Umberto Eco, Arte y belleza en la estética medieval, Lumen, Barcelona; en especial los capítulos: “Las estéticas de la luz” y “Símbolo y alegoría”.  

(12)  Ver Vassily Kandinsky, Sobre lo espiritual en la obra de arte.

(13)  Ver Manifiesto de Mondrian publicado en Revista Stijl, publicado en Mario De Micheli, Las vanguardias artísticas del siglo XX, Madrid, Alianza, pp. 413-421.

(14)  Sobre el neoexpresionismo norteamericano puede consultarse: Aracil A.,  Rodriguez, D., Entre la muerte del arte y el arte moderno, Ed. Istmo, Madrid.

(15)  Ver Casímir Malévich, “Manifiesto Suprematista”, en Mario De Michelis, Las vanguardias artísticas del siglo XX, op.cit, pp. 385-397.

(16) Ibid. p.388.

(17)  Ibid.

(18) La alquimia implicaría un proceso de muerte de la vieja materia para inducir el renacimiento de ésta como la opus magnum alquímica. Acerca de este ciclo de sufrimiento, martirio, muerte y renacimiento alquímicos de la materia puede consultarse: Mircea Eliade, “Alquimia e iniciación”, en Herreros y alquimistas, Madrid. Alianza editorial.

(19) Jorge Luis Borges, “El zahir”, en El Aleph, Obras Completas, V.I., Emecé, Buenos Aires, p. 593. 

(20) Ibid. 

(21) Ibid., p.595.

(22) Sobre el dikr y la mística sufí puede consultarse: Christian Bonaud, Introducción al sufismo, El Tasawwuf  y la espiritualidad islámica, Barcelona, Paidós.

(23)  Jorge Luis Borges, El Aleph, Obras Completas, V.I., op.cit, p. 622. 

(24) Ibid., p.624.

(25) Ibid.

(26) Ibid., p.625.

(27) Husserl, el filósofo alemán creador de la fenomenología, afirmaba que el objeto sólo sería percibido en su realidad plena si pudiera ser observado desde todas sus aristas o perfiles a un mismo tiempo. Esta comprensión del objeto no percibido motivo el anhelo cubista de pintar un objeto como si fuera visto simultáneamente desde diversas perspectivas.

(28) Jorge Luis Borges, “La escritura del Dios”, Obras Completas, op.cit, p. 599.

(29) Ibid.,p.598.

(30) Jorge Luis Borges, “El jardín de los senderos que se bifurcan”, Obras Completas, op.cit, p. 476.

(31) Ibid., p.477.

(32) Ibid., p.478.

(33) Ibid., p.479.

(34) Jorge Luis Borges, “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”, Obras Completas, op.cit, p. 436.

(35) Jorge Luis Borges, “La rosa amarilla”, en El hacedor, Obras completas, vII, Buenos Aires, Emecé, p. 173-174.

(36) Ver el poema “La luna” en Jorge Luis Borges, El hacedor, Obras completas, vII, Buenos Aires, Emecé, p.196-198.

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 MESA DE LOS PECADOS CAPITALES

HIERONYMUS VAN AEKEN BOSCH,
“EL BOSCO”(1450-1516)
Tabla (120×150 cm)
Escuela Flamenca. Gótico
Siglo XV

Esta mesa perteneció a Felipe II y, como todas las obras de El Bosco que le gustó coleccionar, estuvo siempre en el Escorial. Desde allí se trajo al Museo del Prado durante la Guerra Civil, junto con otras pinturas por cuya seguridad se temía dada la dureza de la contienda en la sierra madrileña. Después se quedó ya en El Prado. La conforman cuatro círculos menores que rodean uno mayor compartimentado en escenas. En los ángulos El Bosco representó las cuatro Postrimerías: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria. El círculo central tiene forma de un gran ojo en cuyo centro aparece la figura de Cristo resucitado y la inscripción latina “Cave, cave, dominus videt” (cuidado, cuidado, que Dios te ve). Alrededor de ese círculo pequeño -que sería la pupila del ojo- se presentan escenas alusivas a los siete pecados capitales: Ira, Soberbia, Lujuria, Pereza, Gula, Avaricia y Envidia. Cada una ofrece un escena de la vida cotidiana de los Países Bajos en aquél momento. Ciertamente El Bosco, gran observador y crítico moralizador, estaba especialmente dotado para representar esa vida cotidiana

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Iker Jiménez

Hace unas semanas un nuevo sello editorial, Suma de Letras hacia su aparición en el mercado español y americano. Santillana Ediciones Generales presentaba SUMA, un sello que pretende ser de referencia para la novela de entretenimiento. Después de publicar Los crímenes del mosaico, de Giulio Leoni, La llave maestra, de Agustín Sánchez Vidal, y El séptimo unicornio, de Kelly Jones, aparece Camposanto, la primera novela del periodista Iker Jiménez.

El placer del escalofrío

En un pueblo perdido y abandonado de la provincia de Toledo, se produjo en el siglo XVI una repentina mortandad que no parece estar justificada por ninguna peste. El hecho parece olvidado por todos o voluntariamente enterrado por los pocos que pueden saber algo. Por ejemplo, un extraño sacerdote, amigo de sembrar pistas falsas entre los curiosos que se acercan a preguntar. La cosa no pasaría de ser un enigma histórico más o menos intrigante si no le hubiera costado la vida a uno de esos curiosos, un periodista que, en los años setenta del siglo XX, se acercó demasiado a la verdad de ese pueblo y su cementerio. Treinta años después, otro periodista, admirador del anterior, emprende la misma búsqueda, y su vida se verá envuelta en un torbellino de misterios, revelaciones y peligros.

¿Qué ocurrió en ese pueblo que parece maldito y en el que sus poquísimos habitantes son como presencias espectrales? Las muertes, que se quieren atribuir a una peste extrañamente repentina y localizada en el espacio, ocurrieron bajo el reinado de Felipe II, el monarca que encerró a España bajo siete candados para salvaguardarla de la contaminación de las herejías que asolaban Europa. Se sabe que no lo consiguió y tuvo que completar su tarea recurriendo a las hogueras. Aquel seguidor de la ortodoxia católica persiguió la herejía en todas sus manifestaciones, en el campo doctrinal y dondequiera que apareciese. Una personalidad compleja la de Felipe II: constructor de El Escorial, coleccionista de pintura, aficionado en concreto a la de El Bosco, ese artista que lleva siglos desafiando la capacidad de comprensión de quienes se acercan a sus cuadros.

En una peripecia absorbente, de esas que cogen al lector por el cuello y le obligan a seguir leyendo, el protagonista de Camposanto irá atando los múltiples y peligrosos cabos que constituyen una de las tramas mejor elaboradas de la narrativa española de losúltimos años. Pasando del siglo XVI a la actualidad, el lector acompaña a los personajes en una indagación que les lleva de Madrid y Toledo a una Venecia en la que sobreviven extrañas sectas del pasado, del lujoso mundo de las subastas de arte en las que los eruditos se comportan como tiburones a los lóbregos sótanos de ciertos palacios venecianos.

Pero, junto a esa trama compleja y trepidante, Iker Jiménez ha construido una asfixiante atmósfera de terror. Buen conocedor de ese terreno, el autor maneja con mano maestra las visiones y las pesadillas que acechan al protagonista, construyendo un poderoso relato de un género del que apenas hay muestras en España. Sólo por eso, por la habilidad con que dibuja las apariciones fantasmales en un cementerio, las repentinas visiones espantosas en calles desiertas, los miedos de las peores pesadillas, Camposanto destaca dentro de la actual proliferación de novelas de intriga y misterio.

Otro puntal de la novela es el minucioso conocimiento histórico del autor, al que éste, sin embargo, no se ata, sino que usa como trampolín para su imaginación. Conocimiento e imaginación son los hilos, no siempre fáciles de distinguir (¿dónde acaba la realidad histórica y empieza la fantasía del autor?), con que se entreteje la novela. Para una empresa así, nada mejor que uno de esos puntos oscuros de la Historia, un episodio lo suficientemente desconocido como para resultar un fértil terreno novelesco. No hay duda de que El Bosco y su pintura cumplen a ón en ese sentido.

El enigma de El Bosco

“Es indudable que hay algo de extrañamente moderno en la fantasía anárquica y grotesca del Bosco, y no es fortuito que haya atraído poderosamente al gusto contemporáneo. Pero los intentos para descubrir la razón psicológica de sus motivos, o averiguar el origen de sus imágenes, o hallar una interpretación coherente de su simbolismo continúan siendo poco convincentes” (Diccionario Oxford de Arte).

Cinco siglos después de su realización, las pinturas de El Bosco siguen subyugando a quien las contempla y desafiando la capacidad de interpretación de espectadores y críticos. ¿Qué nos quiso decir aquel artista que, a juzgar por su obra, pareció haber conocido realmente el infierno? La pregunta choca contra un silencio de siglos, porque la vida de El Bosco está tan envuelta en oscuridad como su obra. Es muy poco lo que sabemos del pintor que nos dejó cuadros tan desasosegantes. Lo cierto es que no hay nada semejante en toda la historia de la pintura. De no existir los cuadros, sería muy difícil imaginar algo así en un momento en que los artistas se movían entre la dorada pintura religiosa del gótico y la ortodoxa belleza del Renacimiento. Pocos casos como el de El Bosco, un misterio de por sí, para dar pie a una magnífica novela de misterio.

El Bosco, además, vivió en un momento muy particular de la historia de Europa, el paso del siglo XV al XVI. Las herejías que han sacudido la Edad Media (cátaros, bogomilos…) se han extinguido como tales, pero no la inquietud religiosa que las originó. En el Renacimiento, las herejías son más elaboradas y estructuradas ―es el tiempo de la Reforma― y la Iglesia está también más organizada y dispuesta a combatirlas. Los herejes de la Edad Moderna ya no son visionarios enloquecidos o ingenuos buscadores de una imposible pureza, sino gente ilustrada que persigue una espiritualidad más auténtica que la de la Iglesia oficial. El choque entre ambos fue cruento y quizá queden páginas no bien conocidas.

En ese cruce de las luchas religiosas de la Edad Moderna y la enigmática pintura de El Bosco se sitúa el nudo de esta novela capaz de seducir al lector más exigente. ¿Quién fue, en realidad, El Bosco? ¿Qué contradictoria relación tuvo Felipe II con su pintura: la admiró, la temió o ambas cosas a la vez? ¿Son todas ésas historias extinguidas o su influencia llega hasta nuestros días?

 Atmósfera y acción

Iker Jiménez ha cuidado con el mismo esmero la forma y el fondo de su novela. Si la intriga, la investigación del protagonista y la acción en la que, involuntariamente, se ve envuelto, no dejan respiro, las descripciones de ambientes alcanzan momentos de gran calidad literaria. Por ejemplo, ese Escorial rodeado de leyendas en el que agoniza Felipe II; el exterminio, dirigido por el monarca, de los herejes del pueblo toledano, que describe con una gelidez que atenaza al lector; o la Venecia que, bajo su superficie de belleza turística, guarda un submundo de secretos y terrores antiguos.

Camposanto garantiza a quien abra sus páginas una lectura absorbente, un placer ininterrumpido y una ración no despreciable de sensaciones estremecedoras. En definitiva, esa cosa tan apetecible como poco frecuente en nuestros lares: el placer del escalofrío.

El autor: Iker Jiménez

Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y se ha convertido en un auténtico fenómeno radiofónico. Su programa Milenio 3 ha batido todos los récords de audiencia en la franja horaria nocturna. Es autor, entre otros, de los ensayos El paraíso maldito, Fronteras de lo imposible, Tumbas sin nombre y La noche del miedo, todos ellos recibidos con gran éxito de crítica y público. Camposanto es su primera novela.

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Jeroen Van Aeken, más conocido como El Bosco, nació en Hertogenbosch, actual Holanda, hacia 1450. Pintor de la escuela flamenca, este genio precursor del surrealismo debe su nombre a su ciudad natal, en la que al parecer permaneció durante toda su vida. Fue hijo y nieto de pintores, por lo que su educación tuvo lugar probablemente en el taller familiar, y realizó un matrimonio ventajoso que le permitió vivir desahogadamente, entregado a su vocación por la pintura, que le reportaría un gran éxito. No muchos años después de su muerte, personalidades como el rey Felipe II fueron coleccionistas fervorosos de sus obras, que se hallan repartidas por todo el mundo y de las que existe una excelente muestra en el Museo del Prado. Aunque se desconoce la cronología de su producción artística, se cree que pertenecen a la primera época sus obras más convencionales, como El charlatán o La crucifixión. En el centro de su carrera se sitúan sus realizaciones más famosas, una serie de creaciones abarrotadas de figuras, completamente al margen de la iconografía de la época, ambientadas en paisajes imaginarios y repletas de elementos fantásticos y monstruosos, tales como demonios o figuras medio humanas y medio animales, que conviven con figuras diáfanas y paisajes tranquilos y encantadores. En esta línea se sitúan los trípticos de Las tentaciones de san Antonio, El carro del heno y El jardín de las delicias, en los que más allá de la fantasía turbulenta y de la dificultosa interpretación de la simbología, triunfan una técnica excelente, fluida y pictórica, y un color brillante, en los que reside buena parte de su belleza. Después de estas obras magistrales, en las que algunos intérpretes ven la representación de la locura humana, realizó cuadros más tranquilos y positivos (El hijo pródigo), para cerrar su carrera con una serie de obras sobre la Pasión de Cristo, en las cuales la figura bondadosa del Salvador aparece rodeada de una muchedumbre de seres deformes y de rostros bestiales. Jeroen Van Aeken murió en 1516 en su ciudad natal.
imagen
Primera tabla del tríptico “El jardín de las delicias” de Jerónimo Bosch.
 
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El jardin de las delicias

Representa el dominio de la lujuria en el mundo, descrita a través de todo tipo de relaciones sexuales, manifiestas de una forma rotunda: cuerpos desnudos de hombres y mujeres, blancos y negros, se mezclan, se tocan, bailan…, en parejas, en grupos, heterosexuales, homosexuales, onanistas… 
   Pese a una primera impresión de desorden, la escena se ordena en tres niveles en altura:
   La parte superior, con detalles que se perciben difícilmente por su pequeñez y rareza (humanos alados, grifos…) aparece dominada por construcciones fantásticas, entre las que destaca la
Fuente de los Cuatro Ríos del Paraíso Terrenal, falsa fuente del paraíso, inestable, amenazando ruina con sus paredes cuarteadas.
   En el centro de la composición, la gran
cabalgata del deseo, girando en círculo en torno a un estanque, donde se bañan varios grupos de mujeres. 
   En el plano inferior la sexualidad se manifiesta de mil maneras, tanto en las acciones de la masa de hombres y mujeres, todas ellas de inequívoco signo erótico, como en las connotaciones sexuales de
plantas, frutas y animales
   En las esquinas inferiores aparecen dos focos de atención peculiares. A la izquierda, un grupo que señala la tabla de la izquierda (el Paraíso), hacia la Eva de la Creación, poniendo el acento en el papel que desempeña en el engaño de la tentación. A la derecha: en la cueva se encuentran Adán y Eva, testigos de lo que ha acaecido al mundo por su causa. El dedo acusador de Adán
responsabiliza a la mujer.  

 “Aquellos que has visto danzando y jugando en las praderas verdes salpicadas de flores y árboles, son los que aspiran a los placeres de este mundo. Buscan la saciedad de los placeres de la carne y de los sentidos, y se aplican a seguir sus inclinaciones sensuales, Absortos en su frenesí, no saben que Dios existe; no creen más en Dios, ni en el cielo, ni en el infierno: Está escrito: el tonto dice que Dios no existe.” (Hendrick Mande, siglo XVI).

   El Jardín de las Delicias es un engañoso jardín de los falsos placeres terrenales, una consecuencia del pecado original. Cada detalle de este “mundo al revés” nos lo advierte en el panel central: es el paradisíaco ensueño es el reino de lo no durable.

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El segundo, para nosotros, de los grandes trípticos íntegros de El Bosco (Madrid, Prado). Llegó a manos de Felipe II de las colecciones del prior don Fernando, de la Orden de San Juan (muerto en 1595), hijo natural del duque de Alba: mencionado en el inventario de los cuadros enviados por el rey a El Escorial el 8 de julio de 1593(“una pintura de la variedad del mundo”); descrito por primera vez por el padre Sigüenza [1605], como el cuadro “de las fresas” y designado en general por los viejos escritores españoles como “la lujuria”, en el catálogo de El Escorial de Poleró (n.129) aparece el título “los deleites terrenales”. La autografía es reconocida concordemente (excepto Dollmayr [1898], que piensa en el ‘Maestro M’] a partir de Justi (1889). La fecha, calculada antes en el período juvenil hacia 1485 [Baldass, 1917] por la construcción arcaica de planos y por la ausencia de realismo, fue trasladada al período (h.1510) del Tríptico de la Epifanía, en el Prado (N.62) por el refinamiento tonal de la pintura y por la vuelta al estilo gótico tardío de ritmos flamboyants, y de colores delicados, difundidos a finales del XV en toda Europa.

Esta fecha es ahora sostenida concordemente por la crítica, aunque con alguna variante de años; pero el examen directo de la obra no nos lleva a considerar aceptable la contemporaneidad con la Epifanía del Prado y tampoco una fecha posterior al Tríptico de Lisboa (n.43): las pequeñas figuras hormigueantes, el horror vacui, la composición en tapiz, con los planos que suben de abajo arriba y oscila levemente, el mismo llegar a la cima de paleta de amarillos, tan diversos de los de las obras tardías, tiene su raíces en el Tríptico del Heno (n.21), que constituye la etapa central de la primera madurez, así como las Delicias son su cima y sello, en clave aún medieval pero ya moderna.

El tono, cuya búsqueda se persigue ya en el fondo del Carro de Heno (n.21 C), en los conjuntos de Rotterdam y Venecia (n.25 y 26) en las esmaltadas transparencias en el Ecce Homo de Filadelfia (n.27) no se usa, como en el Tríptico de Lisboa, para escandir un espacio visionario, en una concepción paisajística amplia y unitaria, ni siquiera para trabajar directamente el color, como en la Epifanía del Prado y en las otras obras tardías; es una especie de cristalina transparencia, que fija una base pictórica aún tímbrica, dando un esplendor mineral, un efecto translúcido de acuario a la serie de los microcosmos, yuxtapuestos con delicadeza de tapicería.

El mismo gusto por los escritos en las antas externas es un rasgo de arcaísmo que ya no aparecerá más en otras obras. Además, hay que ser cautos en asumir como prueba de fecha tardía la complejidad alcanzada de elementos simbólicos y de formas diabólicas que da su sello a la Delicias: no sólo porque esta iconología pudo madurar en obras desaparecidas (baste pensar en los Juicios que debían constituir los centros de las antas de Rotterdam y Venecia), sino también porque precisamente en el período final este mundo hormigueante parece superado y a la mente del artista se asoman nuevas alucinaciones menos vistosas y más sutiles. En la misma secuencia del pensamiento del Bosco,de los tres motivos que apartan al hombre de su salvación, es decir, la concupiscencia de bienes terrenos (Tríptico del Heno), la búsqueda del goce de los sentidos (Delicias), la tentación de orden intelectual (Retablos eremíticos que culminan en el Tríptico de Lisboa)[Castelli, 1952], nos parece que esta última, como la más insidiosa, merece el tercer puesto.

La interpretación más difundida es la moralístico-didáctica: al exterior, el tercer día del Génesis, como preludio: al interior, en la hoja a la izquierda, la creación de Eva, suceso-base de los males del mundo: en el centro, la representación de los pecados carnales: a la derecha, el castigo, el infierno. En el sentido de predicación moral entendíalo ya el padre Sigüenza (que quería se difundieran muchas copias para edificación de las almas); y se adhieren en principio, Baldass, Combe, Bax, Puyveide. Combe (1946 y 1957) introduce la explicación de los términos según la alquimia, la falsa doctrina que aparta a los hombre de la salvación igual que el pecado carnal, basándose también en la unión de los principios masculinos (azufre) y femenino (mercurio). Bax (1956) parte de la interpretación psicoanalítica de Tolnay, para desarrollar la búsqueda de los símbolos eróticos, recurriendo al folkore holandés, a las diversas expresiones de jerga, a las metáforas corrientes en la poesía de comienzos del 1500(editadas sólo en 1524, después de la muerte del Bosco, en el Refereynenbundel de Jan van Styevoorts).

Tolnay funda en el significado moralista una explicación psicoanalítica: el Bosco habría pintado el sueño de una humanidad deseosa de actuar los conculcados impulsos de amor del inconsciente, y utilizarla para la simbología erótica las teorías de los sueños de Macrobio en el comentario al Sueño de Escipión el Africano, de Cicerón (donde la frase “vemos el sueño a través de un velo que tiene la naturaleza de un cuerno”entonaría con las cristalinas transparencias del cuadro), y las ‘claves de los sueños’ de finales del XV, como Les songes de Daniel Prophète, 1482, cuyos antiguos motivos refluirían con nueva validez científica en el psicoanálisis freudiano y en la psicología de lo profundo, de Jung. Linfert (1959) revela el sentido metamórfico (flujo alquímico) y la ambigua espera de un mundo que “sueña con los ojos abiertos”, combinando duda y satisfacción.

A estas interpretaciones sustancialmente pesimistas se opone la optimista de Fraenger(1947), para quien el conjuntofue ordenado por el maestro dela secta del Libre Espíritu, como ilustración del paraíso de losAdamitas (v.Documentación1486-1487). El infierno sería un infierno para herejes, pecadores contra lasdoctrinas de la secta: pero esinfierno que contiene los gérmenes de la redención. La teoría, cuyacontribución positiva esla profunda búsqueda de símbolos en clave psicoanalítica, fuedesarrollada en sentido antroposófico por Wertheim-Aymès (1957) que hace del postigo derecho un “purgatorium”, del que las almas pasarían al centro, el nirvana de los goces del amor.

Estas explicaciones, rechazadas por G.Ring(“The Burlington Magazine”, 1950), Bax (1956), Ouyvelde (1956 y 1962), Génaille (1965), Tolnay (1965), están privadas de cualquier base histórica; no parece que los herejes tuvieran un artelitúrgico, ni vale el argumento de que un tema como las Delicias no pudiera ser encargo para una iglesia; fuera destinado el cuadro a un comitente religioso o a un privado, en los tiempos del artista el fin moralístico justificaba los más atrevidos medios figurativos: lo revela el padre Sigüenza con sus consideraciones. El problema de El Bosco no cambia: resolver en pura invención figurativa las diversas solicitaciones de la propia época, en el ámbito del contraste entre bien y mal, presente desde la primera a la última de sus obras. En la anormal mezcla de los mundos vegetal, mineral, animal, que alcanza su cima en el Tríptico de las Delicias, la esencia antihumana de lo diabólico coincide con la sobreexcitación fantástica de un artista-demiurgo, recreador de un mundo nuevo y nunca visto. Para estos extraños injertos entre los tres mundos, Combe señala una probable fuente figurativa en las xilografías alemanas de finales del XV (especialmente las ediciones de Koberger de Nuremberg) donde, por ejemplo, las rocas asumen extraños aspectos de cristales y de vegetación tropical.

El estado de conservación no es perfecto, sobre todo en la gran tabla central, donde a las junturas de la madera corresponden caídas de color ahora restauradas. De la obra existen una reproducción en tapiz flamenco del XVI, en el Palacio Real de Madrid, y muchas copias parciales catalogadas por Friedländer [1927] y Tolnay [1965]:tres de la parte central (una en el comercio de anticuariado berlinés en 1927, procediente de la colección Cardon de Bruselas, otra en casa de W.M.Newton de Nueva York, en 1921; una tercera, en el museo de Budapest, en tela); una copia de las alas exteriores en el Prado, una del ala izquierda en el Prado (de una copia total que en 1636 se hallaba en El Escorial en el comedor de Felipe IV); del ala derecha: una que pasó a través de la venta Orloff, en París (1920), y además varias copias parciales [Friedländer] y cuatro variantes (ventas de Fussac Fievez, Bruselas, 1923; Dorthmund, Christie, 1928; Vasto, Canessa de Nápoles, 1928, Schulthess de Basilea, 1936), a las que debe añadirse la de una colección privada milanesa (“Arte Figurativa”, 1955

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Biografía

Hieronymus Bosch “El Bosco” (1453-1516)

Sobre la figura de Jerome van Aken “El Bosco” es poco lo que sabemos con certeza.

Nació en 1453 en la pequeña ciudad de Hertogenbosch (“Bosque del Duque”), localizada en la moderna Holanda, donde desarrolló toda su vida artística . Su infancia transcurrió  en el seno de una familia de artesanos pintores en el seno de la cual aprendió el oficio.

Los clientes del negocio familiar, su pertenencia a la Cofradía de La Hermandad de Nuestra Señora y un matrimonio socialmente beneficioso le ayudaron a ser conocido en pocos años. A comienzos del XVI ya era un artista de nombre consolidado en los Países Bajos, con encargos de altos personajes públicos, e incluso su fama se extiende fuera del país. Durante el siglo XVI fue imitado por numerosos pintores, especialmente Bruegel el Viejo.

Su situación económica desahogada le concede una cierta libertad a la hora de expresar sus ideas en la pintura de forma más personal que la mayoría de los pintores de la época.  Conocido por sus enigmáticas pinturas que ilustran complejos temas religiosos con una imaginación fantástica.

El Bosco vive el cambio entre dos épocas, hundiendo sus raíces en la tradición medieval, pero no puede ser contemplado como un mero epígono de la Edad Media. En su obra apreciamos el vitalismo típico de una sociedad en crisis, en cuyo seno se gesta el germen del humanismo renacentista. Elementos significativos de este momento y de esta sociedad son la herejía, la fe, la moral, la alquimia, la brujería, el erotismo, lo demoníaco y, como aglutinante de todo, la religión. Es por ello por lo que la obra de El Bosco aparece impregnada de todos estos temas al ser su testimonio. A través de sus pinturas, alejadas de las tradiciones dominantes en la pintura flamenca e impregnadas de fantasía desbordante y de vivencias populares, el Bosco realiza una crítica de las instituciones y costumbres de su entorno, en línea con otros movimientos espirituales de la época (“devotio moderna”, Erasmo de Rotterdam…).

En su obra destacan: El jardín de las delicias, El carro de heno, Los siete pecados capitales, La extracción de la piedra de la locura, El juicio final, y Las tentaciones de San Antonio. 

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¿QUIÉN FUE EL BOSCO? Es decir: ¿fue un criptoadepto a corrientes heréticas?, ¿conoció la alquimia?, ¿fue cátaro?, ¿hay señales astrológicas en su pintura?, ¿acaso El Jardín de las Delicias es la imagen programática y optimista de la secta Los Hermanos y Hermanas del Libre Espíritu?

Pocas personas conocen mejor las respuestas a estas preguntas que Joaquín Yarza (Ferrol, 1936), catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona. Este medievalista las ha contestado en El Jardín de las Delicias de El Bosco, riguroso y lujoso volumen (publicado por Tf. Editores) donde analiza la obra maestra del pintor.

Y las ha contestado negativamente. Ha estudiado la vida y obra de Jeroen van Aken, que fue llamado Jheronimus Bosch, nacido a mediados del siglo XV en el seno de una familia de artesanos pintores de la ciudad holandesa de Hertogenbosch. Y ha constatado que otros biógrafos, estimulados por sus pinturas deslumbrantes y enigmáticas, han presentado muchos Boscos falsos, “atractivos pero inadmisibles como figuras históricas”.

Con estas palabras retrata Yarza a El Bosco: “No hay ningún argumento serio y riguroso para decir que fuera un hombre heterodoxo, extraño o esotérico. Hablamos de un pintor famoso, perfectamente identificado en una sociedad cristiana de la que es miembro apreciado y respetado”. Y, sobre el contenido de su admirada y tan diversamente interpretada obra pictórica, concluye: “Es un moralista y, también, un prestidigitador al que le complace representar morosamente los vicios”.

Y los vicios humanos pocas veces se han representado tan bien como en El Jardín de las Delicias. El Bosco pintó este tríptico, según Yarza, a principios del siglo XVI. Pero no se tiene noticia de él hasta 1517, un año después de la muerte del artista, cuando un italiano lo admira en casa del noble de Brabante Enrique de Nassau.

Hasta llegar al Museo del Prado, las tablas han pasado por varias manos. Primero, por las de Guillermo El Taciturno, sobrino del anterior; después, por las de Fernando de Olmedo, hijo bastardo de un Duque de Alba, y por las de Felipe II, que las adquirió en 1593 y las entregó a El Escorial. A raíz de la Guerra Civil, la obra viajó del monasterio a la pinacoteca madrileña.

Por Leandro Pérez Miguel


UN DRAGO EN EL PARAÍSO. El tríptico El Jardín de las Delicias es una de las pinturas más sugerentes y difíciles de explicar del arte europeo. El historiador Joaquín Yarza ha necesitado todo un libro para describir minuciosamente esta obra del Museo del Prado que se halla en proceso de restauración. Yarza comienza por la tabla izquierda, donde El Bosco recreó el Paraíso terrenal. Y dice: “Dos árboles poseen cierta individualidad. El de arriba, a la derecha, es del Bien y del Mal, porque enrollada a un tronco se distingue la serpiente tentadora. El otro es un drago, especie en ese momento exótica, procedente de Canarias. Se identifica con el Árbol de la Vida”.

El enigma del Bosco

DEMONIO OCULTO. El principal enigma de la obra es su título. El Jardín de las Delicias es uno moderno. “No sabemos cómo se llamó en su origen y, si lo supiéramos, es posible que muchas dudas sobre su significado se hubieran disipado”, asegura Yarza. Por ejemplo, dudamos sobre la identidad de este rostro humano con rastros exagerados (que, por cierto, recuerda a Dalí). El historiador comenta: “Se ha dicho que es una alusión al demonio tentador. El demonio está en el Paraíso, pero oculto aún a los primeros padres, que viven un momento primero y positivo. La hipótesis es seductora y no lleva tras ella ninguna propuesta herética o esotérica”.

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Hieronymus Bosch

Hieronymus Bosch

Autorretrato
Nombre de nacimiento Jeroen Anthoniszoon van Aken
Nacimiento 2 de octubre? de 1450
Bolduque  Países Bajos
Defunción agosto de 1516 (65?)
Bolduque  Países Bajos
Nacionalidad Neerlandés
Movimiento Gótico
Obras destacadas El Jardín de las Delicias
Los siete pecados capitales

Jeroen Anthoniszoon van Aken, llamado Hieronymus Bosch o Jeroen Bosch, (Bolduque h. 1450 - † agosto de 1516) fue un pintor flamenco. Firmó algunas de sus obras con Bosch (pronunciado como Boss en neerlandés). En español es conocido como El Bosco o Jerónimo Bosch; en italiano es a veces llamado Bosco di Bolduc (de Bosch y Bois le Duc, traducción francesa de ’s Hertogenbosch = Bosque Ducal, ciudad natal del Bosco).

Protagonista de sus cuadros es la humanidad, que incurre en el pecado y es condenada al Infierno; la única vía que parece sugerir el artista para redimirse se encuentra en las tablas con vidas de santos, a través de la imitación de sus vidas dedicadas a la meditación aunque estén rodeados por el mal, sea en las tablas con la Pasión de Cristo, a través de la meditación sobre las penas sufridas por Cristo, para rescatar al género humano del pecado universal. En los últimos años de su actividad, el estilo del Bosco cambió y creó cuadros con un número inferior de figuras y de mayor tamaño que parecen sobresalir del cuadro y acercarse al observador. El Bosco no fechó ninguno de sus cuadros y sólo firmó algunos. El rey Felipe II de España compró muchas de sus obras después de la muerte del pintor; como resultado, el Museo del Prado de Madrid posee hoy en día varias de sus obras más famosas.

Biografía

Nació probablemente alrededor de 1450, quizá el 2 de octubre en ’s Hertogenbosch, una ciudad en el sur de lo que hoy son los Países Bajos, junto a Tilburg y por entonces en posesión del duque de Borgoña.

Su familia, los Van Aken, procedía de Aquisgrán y se dedicaban a la pintura. El apellido familiar arcaicamente se escribía “van Aeken” (de hecho, en neerlandés el apellido se escribe “van Aken” ó “van Aeken”, con ‘v’ minúscula). Aeken es el nombre en dialecto centroalemán de la ciudad de Aquisgrán (llamada en alemán normativo Aachen), de modo que el antiguo apellido familiar indicaba de qué lugar eran oriundos los ‘van Aken’. Su padre era Anthonis van Aken, su abuelo Jan van Aeken y su hermano mayor Goossen van Aken.

Detalle de Cristo en la cruz

Detalle de Cristo en la cruz

Al ser pintores, según el sistema medieval de estamentos, formaban parte del respectivo gremio. Esto es importante para entender por qué se hizo conocido como ‘El Bosco’ (en neerlandés:Den Bosch); a la muerte del padre, el hermano mayor fue el único con derecho para usar gremialmente el apellido van Aken (o cualquiera de sus variantes): así, Jeroen adoptó como nombre artístico el nombre abreviado de su ciudad natal, siendo asimismo latinizado su nombre, pasando a firmar como Hieronymus en lugar de Jeroen. Otros, en vez de esta complicada teoría defienden un origen catalán del mismo, Bosch es un apellido catalán de gran tradición, y el hecho de que Bosch suene “bosc”, explicaría el porqué de “El Bosco”[sin referencias].

Ya en 1463 se verifica que utiliza el “apellido” Den Bosch, aunque hacia 1480 es bastante conocido en su país como “Jeroen Die maelre” (en neerlandés: “Jerónimo el pintor”. Influenciado por pintores de la escuela alemana Martin Schongauer, Matthias Grünewald) y por Alberto Durero. Ese año, cerca de 4.000 casas de la ciudad fueron destruidas por un incendio catastrófico, que el treintañero Bosco podría haber visto.

Nada se sabe de la primera formación artística, pero puede suponerse que aprendió en el taller familiar dedicado a la pintura al fresco, a dorar esculturas de madera y a la producción de objetos sacrados, trabajando especialmente para la catedral de la ciudad.

En torno a 1480 se casó con Aleyt (o Aleid[1] .)van der Mervenne, hija del rico burgués Goyarts van der Meervenne, que aportó como dote algunos terrenos situados en Oorschot y le facilitó el ascenso social hacia la alta burguesía urbana. Esto le permitió gran libertad para elegir los temas de sus obras.

En 1486 ingresó en la Vrouwe broederschap (cofradía religiosa de Nuestra Señora), corporación de gran prestigio e influencia, a la que ya pertenecía su esposa, posiblemente para protegerse de la inseguridad que se vivía en aquellos tiempos de inquisición. Esta cofradía era una asociación de laicos dedicados al culto a la Virgen y a obras de caridad, y también se involucraba en representaciones sagradas. Le sirvió para cultivarse artística y culturalmente. Vive en un ambiente de intensa devotio moderna. En 1488 presidió el banquete anual de la confraternidad. Entre el año 1488 y el 1489, se sabe, por documentos, que pintó las alas de un políptico esculpido para esta misma confraternidad. El Bosco parece enmarcarse en una corriente mística prerreformista, que arranca de la obra de Eckardt, continuada por Suso y Taulero, difundida en los Países Bajos por el predicador Gerardo Grote[2] , a quien se considera iniciador de la Devotio moderna.

Detalle del infierno de El Jardín de las delicias

Detalle del infierno de El Jardín de las delicias

Entre el año 1500 y el 1504, no hay documentos referentes al Bosco, es probable que es estos años el artista hiciera un viaje a Italia, permaneciendo en Venecia. De hecho en esta ciudad están presentes muchas obras suyas en colecciones privadas datadas de los primeros decenios del siglo XVI. Por otro lado, a partir de estos años, el estilo del Bosco cambia, en dirección más renacentista con figuras monumentalis inscritas en un airoso paisaje.

El 9 de agosto de 1516 se celebraron solemnes exequias por el pintor en la capilla de Nuestra Señora, perteneciente a la confraternidad, constando en los registros de la cofradía de Nuestra Señora de Bolduque en 1516: «Obitus fratrum Hieronimus Aquen alias Bosch, insignis pictor»[3] .

La obra del Bosco influyó grandemente en la de Pieter Brueghel el Viejo, quien ejecutó varios cuadros de estilo similar, como por ejemplo el El Triunfo de la Muerte de 1562.

Estilo

El jardín de las Delicias.

El jardín de las Delicias.

Pese a ser casi coetáneo de Jan Van Eyck, sus figuraciones y técnicas son notablemente diferentes. Técnicamente pintaba alla prima, es decir, con la primera pincelada de óleo, sin demasiados retoques ni pinceladas. Sin embargo, el análisis de cada una de sus obras demuestra que hacía un concienzudo y detallado proyecto antes de la ejecución; innova, asimismo, en la gama de colores, con tonalidades más contrastadas y atrevidas.

En cuanto a la figuración, El Bosco se destaca por representar a personajes santos como sujetos comunes y vulnerables (total diferencia en esto con Van Eyck, y en cambio mucha similitud con Matthias Grünewald). Es tan patética la vulnerabilidad de los personajes santos representados que les hace queridos por empatía. Prácticamente todos los personajes que representa tienen algo de caricatura.

Lo que quizás primero llama la atención de todo aquel que observa una obra de ‘El Bosco’ es su “surrealismo” -avant la lettre- sintetizado con el típico expresionismo teutónico.

En sus obras abunda el sarcasmo y la imaginería de tipo onírico, y lo grotesco. Una de las explicaciones para esto es que ‘El Bosco’ aún se encuentra imbuido por la cosmovisión medieval repleta de la creencia en hechiceras, la alquimia, la magia, los bestiarios, los tesaurus, las hagiografías… Además, en el 1500 abundaron los rumores apocalípticos. Esto incide para que ‘El Bosco’ intente desde sus pinturas dar un mensaje moralista, si bien de un moralismo nada pacato sino, por el contrario, satírico; y si ‘El Bosco’, tiene mucho de medieval, por otra parte nos anticipa al humanismo de la Edad Moderna.

Tras su muerte, el rey Felipe II, conociendo la colección que de las obras de ‘El Bosco’ había hecho Felipe de Guevara, se interesó por su obra, adquiriendo varias de sus pinturas; la atracción que Felipe II tenía por las obras de ‘El Bosco’ es curiosa: en su dormitorio del Monasterio de El Escorial mantenía al célebre Jardín de Las Delicias.

Ha influido en pintores casi contemporáneos suyos, tales como Pieter Brueghel el Joven, y Pieter Huys. En el siglo XX es notorio su influjo en expresionistas como James Ensor, o surrealistas como Max Ernst y Dalí.

Obras

Detalle de La tentación de San Antonio

Detalle de La tentación de San Antonio

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